La vaga, que no vana, ambición de Antonio Ortuño

Hasta hoy no sabía nada de Antonio Ortuño ni de su ya larga carrera literaria a pesar de su juventud. A partir de hoy trataré de no perderme nada y leer todo lo que caiga en mis manos. La causa es La vaga ambición, un, claro está, ambicioso libro de relatos sobre las trampas y penurias de la literatura escrito para que nos asustemos, nos riamos o compadezcamos a quienes se dedican a este oficio dado a las ambiciones, aunque resulten casi todas algo vagas y etéreas. Oficio de fantasmas. ¿Alguien ha visto más divos por metro cuadrado que en una reunión de escritores? Si eres de los que escriben y te tomas poco en serio o te das importancia pero te gusta asomarte a tu propio abismo, sigue leyendo.

Me refiero a que sigas leyendo La vaga ambición, no este blog.

En seis relatos donde se cruzan Cervantes con Borges, la épica y la tragedia, la persecución del estalinismo y también una batalla familiar, Ortuño traza la biografía soterrada de un tal Arturo Murray, casado con Aura, y sobre el que siempre se yergue la sombra de una madre que inocula, vigila y censura el vicio de escribir. Si el primer cuento Un trago de aceite, es el trauma a partir del cual se origina una literatura; en El caballero de los espejos tenemos a todo un Pierre Menard (ese personaje de Borges) reescribiendo El Quijote para mofa de su familia. ¿Quién no ha sentido alguna vez vergüenza por escribir? ¿Cómo justificar que uno pasa su tiempo imprimiendo garabatos en una cuartilla? Sencillo, aunque cuándo tenemos ocho años no lo sepamos, cuando te pagan por ello.

En el cuento Quinta temporada encontramos un escritor que al oro se ha humillado poniendo su talento al servicio de los guiones de una serie de épica medieval. El problema es que el trabajo compartido a varias manos y las preocupaciones de los guionistas no son las suyas. Haga lo que haga su escritura se va a ver contaminada por las servidumbres de la ficción televisiva. De sentirse perseguido por las burlas familiares a ser burlado por las necesidades de la vida para pagar esa vaga ambición de que tu madre te reconozca al fin como escritor y tu mujer te respete por tener ese trabajo.

Claro que no todos los problemas se reducen al dinero. También hay dictadores que persiguen a escritores, como les sucede a Walter y Mijaíl (no son cualquier Walter y Mijaíl) en el Moscú de Stalin cuando se les ocurre estrenar una socarrona obra teatral que parodia la revolución en la granja de mierda que Koba, el temible, y sus acólitos están llevando a cabo en la URSS. Provocar es repugnante, sobre todo al dictador. Porque el oficio verdadero de un escritor es provocar y crearse mil enemigos y cargar solo contra ellos.

De eso va el épico final de La vaga ambición, de una carga de caballería por la literatura una mañana en Hastings, que cobra forma en un taller literario con desesperados que se mantienen en pie porque escriben. ¿Y para qué sirve sufrir tanta persecución, tanta vergüenza, tanto tragar aceite, tanto trabajo mercenario por la vaga ambición de ser escritor? Respuesta de Antonio Ortuño: para vencer y que Inglaterra sea conquistada, para mentir y engañar como no sabe hacerlo nadie, para que un día alguien cante las hazañas que inventan los escritores incluso en medio de las batallas de la cotidianidad más insípidas. Porque al fin esta vaga ambición sirve para algo. Para vivir más y mejor.

 

Iván Alonso Pérez

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‘La noche de la pistola’ es el libro del verano

La noche de la pistola es el libro del verano. Y eso que se publicó en 2008, pero la editorial Libros del K.O. lo ha publicado en español ahora en traducción de María Luisa Rodríguez Tapia y le ha hecho una portada excelente para estas memorias yonquis y alocadas de un periodista de primera: letras, un revolver y su nombre, David Carr. Alguien que escaló a lo más alto de su profesión a pesar de que arrastraba un expediente de adicciones a todas las sustancias químicas conocidas y crónicas recaídas en el consumo salvaje de alcohol. Igual como libro de verano esperaban otra recomendación, pero en verano no me negarán que el cuelgue está a la orden del día, y este es el libro perfecto para sentirse un colgado desde la comodidad de una piscina, un chiringuito o una hamaca. Si leer es asumir una forma de riesgo, sobre ello David Carr sabía algo.

A mediados de la década pasada, Carr decidió recordar sus estragos y enumerar los cadáveres que había dejado en el camino y aplicó el método periodístico a las memorias de su vida en el vertedero del crack y la cocaína inyectable: entrevistó a todas las personas que se habían cruzado con él y le habían soportado o detenido, desempolvó fichas policiales y expedientes de clínicas de desintoxicación, grabó horas de conversaciones con ex mujeres, ex jefes y ex camellos, y escribió la historia de su vida entre los locos, donde caben todos los excesos y también todas las iluminaciones, y el fiel retrato de lo que es el día a día de un yonqui y un mercenario del trago con sus servidumbres y sus trucos para conseguir un chute más.

Esta es una historia de final triste, pero cuando se escribió era un cuento de hadas infernal. David Carr murió de un infarto en la redacción de The New York Times. En lo más alto. Quién se lo iba a decir cuando huía de la policía o iba apestando a entrevistarse con políticos y luego dormitaba sobre los teclados de revistas deportivas antes de despertar, tomar su capa de vampiro y volver a asaltar la noche sin darse tregua. ¿Empezar una farra en Mineápolis y continuarla en Chicago tras coger una avioneta? ¿Por qué no? Tan excesivo era que llegó a preocupar incluso a traficantes de droga, pequeños delincuentes y amigotes de pipa de crack. Todo gente recomendable de la honorable sociedad del vicio. Honor en medio de los detritus.

Pero de sus excesos y de su largo proceso de desintoxicación nos dejó La noche de la pistola para, sin autoconmiseración, ni redenciones cristianas, saber qué es tener memoria en el subsuelo y volar desde el inframundo por amor a dos hijas gemelas nacidas en un nido de yonquis y a un oficio, el periodismo. Fue de hecho su obsesiva práctica y su capacidad para rastrear historias lo que le salvó de mirar al abismo más de una vez.

La noche de la pistola es un libro vomitivo, es un libro desagradable, es un libro maravilloso escrito por alguien que era brutal y al que solo acceder a cierta clase de amor le permitió una redención inesperada. Igual no es el libro del verano o un libro para el verano, pero les aseguro que el verano se va convertir en otra cosa si lo leen y pueden acabar, como me ha pasado a mí, mirando marcas de revólveres italianos. Y descubrir que son de fogueo. Porque una cosa es lo que buscamos cuando hemos creído vivir. Y otra lo que hemos vivido.

Iván Alonso Pérez

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‘Derecho natural’. Ignacio Martínez de Pisón.

La última novela de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) aborda la historia de una familia española disfuncional durante los cruciales años del final del franquismo, la Transición y los primeros años ochenta, territorio bien conocido en la obra del autor aragonés, especialista en retratar con fina ironía el cambio sufrido por la sociedad y las personas en ese momento histórico. Los protagonistas son un padre alocado y eterno adolescente que al principio de la narración se gana la vida como secundario en películas de género, y que con el tiempo se convertirá primero en agente de jóvenes promesas y después en imitador del cantante Demis Roussos; una madre atrapada en un matrimonio fracasado y asfixiante que se va cargando de hijos y que se ve impelida a evolucionar laboralmente para sacar adelante un hogar de pocos recursos, y sobre todo Ángel, el protagonista y narrador, a través de cuya voz serena que aporta un centro de equilibro a unos bordes caóticos vamos descubriendo a esta familia española que crece, lucha, hace locuras, cambia de bando e ideas en una Barcelona que acompaña en su transformación a la de sus personajes.

El tema fundamental de Derecho natural es cómo el tiempo se acabó llevando por delante las prerrogativas que parecían fundadas en el pasado -matrimonios estables, propiedad sobre los hijos, roles del hombre y de la mujer- y cómo surge una nueva legalidad positiva que refunda las relaciones. Al principio de la novela, Luisa, madre del protagonista, está atada a un matrimonio poco convencional donde el padre solo pasa por casa para engendrar hijos mientras vive sus aventuras cinematográficas lejos de sus responsabilidades familiares y económicas. Este status quo se rompe cuando la mordaza de las leyes franquistas va cayendo y Luisa puede acceder al divorcio y a la propiedad del negocio familiar de representación de artistas, conceptos jurídicos que chocan de frente con la visión patrimonial que el padre tiene de las relaciones familiares.

La novela aborda así la separación entre lo que es justo de lo que no lo es y retrata con grandes dosis de objetividad el profundo cambio vivido por el país en sus estructuras sociales y económicas, pero también jurídicas en cuanto a la fuente del derecho. Es una novela sobre la ruptura y reconstrucción de una familia y también sobre la agonía de los últimos vividores que un régimen indolente en lo social había propiciado. En ese sentido, el padre del narrador, gran protagonista de la función, reconvertido en el risible Big Demis -un imitador de tres al cuarto que se arrastra por clubes, tablados y salas de fiestas- pertenece a la casta de modernos truhanes, como los que se asomaban a las españoladas o vivían en las columnas de Paco Umbral, siempre traficando con sus rapacerías, formando un fondo de gente inolvidable pero también peligrosa, con una alegría contagiosa que sin embargo agota todos los recursos.

Con humor, a veces con tragedia, y también con grandes dosis de tristeza y melancolía por el tiempo malgastado, Derecho natural avanza hacia una época de serenidad más rentable pero ciertamente más aburrida, donde aunque no queda espacio para la justicia antigua y universal, tampoco parece que haya sitio para la grandeza del alma humana. En el humor y la mediocridad, en los chistes y las situaciones cotidianas, en el cambio de chaqueta que muchos ejecutaron durante los años setenta, en la falta de solemenidad total, en esa habilidad que Ignacio Martínez de Pisón tiene para las escenas corrientes, para los momentos costumbristas, para las anécdotas de cena de nochebuena, para la descripción de personajes perdidos, para retratarnos como somos y no como queremos ser, Derecho natural se eleva y se convierte en una crónica familiar de los últimos 40 años.

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Aunque caminen por el valle de la muerte. Álvaro Colomer.

El 4 de abril de 2004, mientras España aún se recuperaba del shock de los atentados del 11 de marzo y el Gobierno de José María Aznar permanecía en funciones, en Irak las tropas desplegadas hacía meses, junto a soldados salvadoreños, estadounidenses y fuerzas mercenarias de la empresa privada Blackwater, libraban la que es considerada hasta hoy la última batalla del Ejército español, un episodio oscuro de escasa gloria que el escritor y periodista Álvaro Colomer detalla ahora en Aunque caminen por el valle de la muerte, obra de ficción basada en doscientas entrevistas con protagonistas y testigos presenciales donde lo único que no es real son los nombres de los personajes y sus historias personales. El resto es una crónica real de cobardía, de miseria política y de lo difícil que resulta en el mundo actual ejercer la profesión de soldado.

9788439732150En su intención de contar fielmente los hechos sucedidos en Najaf, Colomer ha optado por una narración con múltiples puntos de vista donde alternativamente se da voz a un sargento de infantería del Ejército español; a un miembro del Ejército chií del Mahdi; al coronel de un batallón salvadoreño y a diversos miembros de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, entre los que se encuentran mercenarios de la contrata Blackwater. Esta técnica contribuye a plasmar con verismo la confusión inherente a toda batalla. Ya en las citas del libro, el periodista Manuel Chaves Nogales nos advierte de que las batallas “no se ven”. La renuncia al punto de vista externo y omnisciente permite que comprendamos mejor la situación de cada personaje y sintamos su aislamiento y confusión en el combate.

Por una parte, podemos compartir la frustración de los soldados españoles atados de pies y manos por unos políticos en funciones que se niegan a considerar como una guerra el ataque a la base Al-Andalus; por otra, entender la angustia de los soldados de distintas nacionalidades que intentan repeler la agresión, batallando al mismo tiempo contra sus propios demonios, y que se indignan ante la posición que se ven obligadas a adoptar las compañías españolas.

El libro es una historia de personas que hacen lo único que pueden hacer, y de quienes solo pueden obedecer a pesar de la muerte que les rodea. Si como escribió Samuel Johnson, “todo hombre se avergüenza de no haber sido un soldado”, no debe caber peor afrenta que serlo y no poder llevar a cabo su trabajo por los complejos y cálculos de una clase política ajena a la realidad y urgencias del combate. La base Al-Andalus es asaltada por milicias organizadas y las tropas españolas ni siquiera pueden servir munición a sus superados aliados, quienes se baten en los muros mientras los mílites españoles juegan a las cartas en el interior y los superiores bregan a un tiempo con llamadas de angustiados políticos y las solicitudes de ayuda de los defensores del perímetro.

Hora a hora, muerto tras muerto, Colomer nos sumerge en la miseria de la guerra y en las terribles decisiones que se han de adoptar. Un hombre disparando a adolescentes, soldados salvadoreños tomando un hospital, convoyes que quedan abandonados tras las líneas y la constante irrupción anticlimática en el caos de las llamadas desde la civilización donde las voces solo quieren ser tranquilizadas, saber que todo es políticamente correcto, que la intervención sigue siendo humanitaria y en son de paz, y que las balas que zumban y los primeros muertos y heridos no son de verdad, puede que ni siquiera estén muertos pese a tener la cabeza reventada.

El salmo de donde obtiene el libro su título dice que aunque camine por el valle de las sombras “no le temeré a nada porque el Señor es mi pastor”, un tópico de confianza en el poder omnímodo de Dios, devenido en broma macabra cuando el valle queda defendido solo por el subfusil de alguien y no hay pastor, ni siquiera mando superior, que te proteja. Los protagonistas de Aunque caminen por el valle de la muerte están aislados en su experiencia de combate y siguen sus propias reglas o interpretan las órdenes a su manera para escapar de la carnicería y sobrevivir pagando cada cual su peaje, ya sea en sangre o en experiencias postraumáticas.

Colomer, por lo menos, no nos somete a la experiencia kitsch de hablar del militarismo y el antimilitarismo sin haber bajado a la arena. Su antimilitarismo es el auténtico, el que exudan las camisas ensangrentadas de los soldados. Pocos escritores se atreven a dedicar sus páginas a las experiencias de los soldados españoles actuales, hasta ahora casi Lorenzo Silva era una excepción y una rareza, pero ya tiene quién le acompañe. Si Colomer no ha visto guerra, por lo menos ha conocido y se ha preocupado por contar la historia de quienes estuvieron en el valle de la muerte y no tuvieron pastor ni cayado para sostenerse.

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El monarca de las sombras. Javier Cercas.

En El monarca de las sombras, Javier Cercas (Ibahernando, 1962) recrea la vida y temprana muerte del tío de su madre, Manuel Mena, joven falangista que cayó combatiendo con 19 años en la batalla del Ebro. Estas páginas suponen, una vez más en la obra de Cercas, una expiación de hechos ocurridos durante la Guerra Civil, y una explicación y justificación atenuante de un presente asediado por los fantasmas del aquel conflicto bélico. Al igual que en Soldados de Salamina, una acción cometida en tiempo pasado influye en las vidas actuales y las condiciona, poniendo de nuevo de relevancia la capacidad de la Guerra Civil española para envenenar el presente.

9788439732570Si Soldados de Salamina funcionaba como una metáfora de las complejidades subterráneas de una guerra vendida desde temprano como una la lucha a muerte entre el mal y el bien, El monarca de las sombras indaga en los motivos de ese mal y lo particulariza en la figura de un joven equivocado, Manuel Mena, cuya decisión sigue pesando en los familiares que ganaron la guerra pero, enmendando a Andrés Trapiello, perdieron la guerra de las ideas. Una vez más Javier Cercas se desdobla como personaje y parte en busca de sus raíces franquistas para entender pero no justificar, para comprender pero no compadecer, para concluir que “somos nuestros antepasados” y llevamos con nosotros a los muertos y cargamos con su culpa.

El exordio de Cercas, la forma que tiene de entender y restituir la dignidad, o al menos la honra, de un muerto tan políticamente incorrecto como su tío-abuelo falangista es contar su historia, hacer al lector partícipe de un viaje hacia su pueblo natal, Ibahernando, para entrevistar a los supervivientes del pasado y tratar de recrear las andanzas, ideas y sentimientos de un joven que, al revés que el protagonista de Soldados de Salamina, se equivocó cuando no había que equivocarse, y con su decisión, basada en engaños y propaganda, arruinó su vida y marcó las de sus familiares hasta incendiar la del escritor, que convierte en ficción su búsqueda.

Como suele ser habitual en las novelas de Javier Cercas por lo menos desde Anatomía de un instante, las citas entresacadas de libros y los ejemplos que actúan como leitmotivs que se repiten página tras página envuelven la trama en capas de significado como una rueda dentada que retroalimenta el relato y pone en comunicación su arranque con su final. La conclusión de la investigación es el propio libro que hemos leído y el texto solo construye su significado final con su propia narración. Cercas nos expone el proceso de escritura de un libro, incluye en su ficción y en su relato las notas, anécdotas y minucias de un viaje compartido hacia el corazón de la verdad o la mentira total, que es la apuesta de sus ficciones.

El monarca de la sombras no tiene una metáfora tan clara como Soldados de Salamina, no hay ningún detalle oculto se nos desvele y que condene o engrandezca a Manuel Mena, salvo su propia vida, la voluntad de que sus escasos 19 años sobre la tierra no se olviden, la importancia última de toda existencia y de lo que se puede aprender de ella. Si no como lección, como ejemplo de valores humanos, como era el soldado Miralles de Soldados de Salamina, Mena funciona como conclusión de que de nada sirve, ni es honroso, morir por la patria, y menos por las patrias inventadas por intereses particulares ajenos.

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‘Índigo mar’. Ignacio del Valle.

El escritor Ignacio del Valle (Oviedo, 1971) es bien conocido por su serie de novelas de suspense histórico protagonizadas por el oficial del ejército franquista Arturo Andrade, pero hasta Índigo mar, publicada por Pez de Plata, no se había enfrentado a los fantasmas de la literatura sin renunciar por ello a la intriga y a los enredos argumentales. Su última novela es bastante más que una metaficción acerca de la construcción de un relato enigmático, es más bien un complot urdido por amor al misterio, la curiosidad y la literatura.

indigoEn el principio hay una isla a finales de verano y un mar de tonos índigos (azules muy oscuros) en el que se baña el protagonista, Pablo, un escritor de éxito que se ha refugiado en un chalé aislado con la intención de centrarse en la escritura de su próxima obra. Sin embargo, su misantropía es débil y no tarda en sentir curiosidad por las personas que viven cerca de su nuevo domicilio, y así conoce a un personaje excéntrico, Tomás, que busca metales en la playa; a un antagonista, Simón, un pequeño traficante; y a una musa, Linnea, una mujer que vive al límite con los hombres y el sexo. Narrativamente el tablero queda configurado y cada personaje de la trama responde así a un arquetipo literario que permite dos lecturas de la novela: la argumental, y la autorreferencial, que convierte Índigo mar en una excelente novela sobre el arte de crear historias.

En la trama diegética, el protagonista ve su apacible retiro complicarse cuando se adentra cada vez más en las vidas de Tomás, Linnea y Simón y se deja conducir por ellos hacia su línea de sombra, donde brota el sexo, la violencia y también la aventura desatada que hace que la vida cobre sentido para alguien que vive encerrado en los libros. En el apartado ficcional, Del Valle entrega algunas provechosas lecciones de narrativa sobre el arte de ocultar la realidad bajo el lustre de las mentiras de lo imaginario hasta hacernos dudar si asistimos a un relato o a la narración de un relato. Si, como afirma en un momento, la literatura es “el arte de acercarse lo máximo posible al misterio”, en Índigo mar nunca nos queda claro si ese océano azul intenso que rompe contra los bloques de hormigón donde traficantes esconden vírgenes y rondan las panteras esconde más misterios de lo que muestran o solo forma parte del juego y los paisajes literarios de una novela que no conocemos.

Los lectores de intrigas acostumbrados al estilo ‘novela de caballerías’ de Ignacio del Valle, cuyos personajes siempre blasonan de su honor, no se verán defraudados. Ese misterio del que habla, aparece y gravita sobre toda la trama. Al mismo tiempo, quienes paladean los textos auto-referenciales se darán un festín identificando los hilos que mueven sus marionetas. No sé si Del Valle ha escrito su novela más personal, tal y como señala la sinopsis del libro, pero sí que ha escrito la novela que con menos miedo se atreve a contar el misterio que rodea a toda creación literaria. Un estriptis siempre difícil de ejecutar para escritores de raza.

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‘La buena reputación’. Ignacio Martínez de Pisón.

Las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla son todavía para el resto de España unas grandes desconocidas, y dentro de la literatura casi terra incógnita salvo por los acercamientos a la guerra de Marruecos de principios del siglo XX que protagonizaron Ramón J. Sender, Arturo Barea y, más recientemente, Lorenzo Silva. La buena reputación de Ignacio Martínez de Pisón vino a paliar este olvido centrando buena parte de su argumento en la Melilla posterior a la guerra civil a través de la historia de una familia compuesta por el judío, Samuel Caro, la católica orgullosa y déspota Mercedes, y sus dos hijas, Sara y Miriam, quienes mantienen una tensa historia familiar a lo largo de medio siglo que se acompasa con algunos de los grandes acontecimientos ocurridos en Melilla y en la península. Es esta una novela de herencias envenenadas y de secretos donde se ocultan actitudes heroicas, miserias y relaciones naufragadas,

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La novela es una historia de identidades contrapuestas. Si Samuel Caro, el fundador de una dinastía de consignatarios portuarios, es un judío integrado que respeta las creencias y valores conservadores de la sociedad en la que vive, su mujer, Mercedes, solo siente un mal disimulado desprecio por el mundo de su marido y aspira a regresar con su familia a su Zaragoza natal, donde discurrirá buena parte de la novela. Esta confrontación se va abismando cuando Samuel se compromete en colaborar con el éxodo de judíos marroquíes hacia España, mientras que su mujer parte con una familia rota por la fuga de una de las hijas del matrimonio hacia Málaga y poco después a Zaragoza.

Cinco puntos de vista se suceden que nos ayudan a apreciar el paso del tiempo y la sucesión de generaciones. Mientras que las novelas de Samuel y Mercedes construyen la identidad original de la saga y conforman los recuerdos y señales de referencia creando un pasado mítico de respeto y posición social destacada, las novelas de una de las hijas, Miriam, y de sus dos vástagos, Elías y Daniel, ya están levantadas sobre los retazos e incluso ruinas de sus padres y abuelos. La sensación de estar atrapados por un ayer envenenado que nunca acaba de estar del todo claro ni resuelto, condiciona el discurrir de estas personas aprisionadas, y muchas veces fracasadas, en unas existencias que sienten no haber controlado del todo desde el principio. La reputación de la que habla el libro es, a la postre, un peso que modifica los planes originales que tenían para sus vidas y que demuestra al lector la diferencia que media entre el destino que nos corresponde y el que acabamos teniendo.

Miriam y sus hijos tienen que reconstruir a partir de sus recuerdos y de objetos que afloran con cada herencia y mudanza las verdaderas relaciones que mantuvieron Samuel y Mercedes, decidir qué pesa más en  ellos, si la herencia cultural de los judíos Caro o el pragmatismo de Mercedes y tratar de perdonar y perdonarse a sí mismos por ver sus sueños artísticos o vitales estrellados contra el muro de las decisiones de alguien que, víctima de los convencionalismos sociales de una época, pasó a la condición de victimario de sus descendientes.

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Velázquez desaparecido. Laura Cumming

La crítica de arte Laura Cumming viajó a Madrid a principios de los años 90 para tratar de olvidar la muerte de su padre, también pintor. Sus pasos le llevaron a las salas del museo del Prado, donde un destello de luz le hizo detenerse en una de las salas. Allí estaba colgado Las meninas, el cuadro de Velázquez que es, por derecho propio, uno de los protagonistas de Velázquez desaparecido, el libro sobre la pasión por el arte y el amor particular por la obra velazqueña que Cumming ha escrito tras años estudiando y dejándose seducir por las obras del que ha sido considerado el pintor de los pintores.

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Durante su proceso de documentación Cumming tropezó por azar con la historia de John Snare, un librero del siglo XIX de la localidad inglesa de Reading que en una subasta compró por poco dinero un retrato del rey Carlos I y que atribuyó desde un primer momento a Velázquez. Esta sospecha la confirmó a través de un escrito que resumía lo poco que se sabía en ese momento en Inglaterra sobre la obra de Velázquez, a menudo confundido con otros pintores como Van Dyck y cuyo nombre mudaba a variaciones como Velasky o Velasco, y la relación con el cuadro comprado. Su libro le enfrentó a los críticos de arte de la época y terminó con una demanda por parte de los albaceas de un noble escocés, convencidos de que la pintura había sido sustraida de su propiedad y comprada ilegalmente. La triste historia de Snare, que terminó sus días como emigrado en Broadway, Nueva York, es una metáfora de lo que la gente puede llegar a sufrir por amor al arte. Snare dejó atrás familia, negocios y prestigio social para abuhardillarse en América junto a su Carlos I como toda riqueza y defender su autenticidad.

Si Snare y su pintura desaparecen de la vista del público para consumirse en su pasión, el propio Velázquez se disolvió en sus cuadros para que brillara mejor su impecable técnica al óleo y su visión humanista de la realidad y de los personajes con los que trató. Velazquez desaparecido es también un personal tratado sobre su arte donde, alternándose con la historia de Snare, Cumming aprovecha para deslizar opiniones y pasar revista a lo mejor de su producción. Sus bufones, el retrato del Papa Inocencio X, Las hilanderas o las imágenes de Felipe IV son descritos con pasión, contagian el entusiasmo por un arte “democrático” que muestra a las personas como son, troppo vero para algunos incluso, como comentó el pontífice de su atrevido retrato, y se realza la consumada técnica de Velázquez, esa que le ha permitido elevarse sobre el resto como el maestro absoluto de la perspectiva, la pincelada precisa y el raro don de otorgar vida a través de la pintura.

Los Velázquez desaparecen, sufren el deterioro y las suertes del azar. Esta es la historia de las vicisitudes de un cuadro y el hombre que lo custodia y se consume por él, y también del raro milagro de que hoy podamos aún contemplar esa luz en el fondo de los ojos en los lienzos que sobreviven colgados en museos. Sin pretenderlo Cumming ha escrito un gran libro para aprender a amar el arte a través del gozo de ver. Con sus explicaciones podemos recorrer las galerías y asomarnos a esos cuadros que parecen mirarnos desde cuatro siglos atrás. Velázquez desapareció para que sus retratados pudieran seguir viviendo entre nosotros. Ese es el misterio final tras la peripecia de John Snare en su buhardilla neoyorquina y de los secretos de perspectiva que se encuentran en el milagro consciente de Las meninas.

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‘Primera página’. Juan Luis Cebrián.

Juan Luis Cebrián lo había sido todo en el periodismo español a los 44 años. A esa edad ya había trabajado de redactor en el diario Pueblo, había sido subdirector del periódico Informaciones con apenas veinte años, y fundador y también directivo de la mítica revista del tardofranquismo Cuadernos para el diálogo. Dirigió los informativos de TVE durante ocho meses y finalmente fundó y dirigió El País, desde su salida a la calle en 1976 hasta 1988. Por eso sus memorias personales y profesionales contenidas en Primera página. Vida de un periodista. 1944-1988 saben a poco, porque es imposible que en sus 380 páginas este monstruo de la profesión, que acumuló en sus manos un poder inmenso y tuvo acceso a las personalidades más destacadas de la política nacional e internacional y de la cultura, cuente en ellas todo lo que ha vivido y sabe. Sus anales deberían tener 3.380 páginas, y solo así podrían arañar un mínimo el background acumulado en las más altas esferas del cuarto poder. Por otra parte, su voluntad de cortar la narración en el momento de su despedida como director de El País y el inicio de su labor directiva en Prisa es un agravio que añadir a los que deseamos más páginas de recuerdos, charlas de sobremesa off the record y confidencias de uno de los auténticos muñidores de la Transición, quien la sirvió ordenada en ese periódico de referencia llamado El País que hoy sufre como todos los embates de una imparable  crisis publicitaria y también de credibilidad.

Sirvan estas memorias plagadas de olvidos voluntarios, y también de espesos silencios, para desterrar varios mitos forjados alrededor de El País y de quien fuera su director emblemático. En primer lugar Cebrián no oculta, no tiene por qué hacerlo, su adscripción desde nacimiento a la clase privilegiada de la sociedad a través de una familia de intelectuales de clase media cercana a los postulados del régimen. “Nací en un hogar burgués”, exclama a modo de exordio. Su padre, Vicente Cebrián, era periodista en el diario Arriba, órgano oficial de Falange; mientras que su abuelo, médico, se consideraba un librepensador de derechas. Cebrián tuvo vocación sacerdotal y practicó un catolicismo, luego olvidado, que arraigó en él unas convicciones que no le hicieron sentir nunca simpatía por las ideologías de la extrema izquierda, a pesar de que en su momento los Servicios de Información le hicieran pasar por agente del KGB y se le acusara de escorar su periódico hacia el marxismo. De ahí también se entiende que fundara y concibiera El País como un periódico ‘independiente’ que no estaba al servicio de ideología alguna, pero sí dirigido hacia la democratización de España, su ingreso en el Mercado Común Europeo, su carácter cosmopolita y liberal, sin los signos socialdemócratas que más tarde se le achacarían. Esa vocación institucional fue algo impulsado por su director desde el primer momento y no sobrevenido al calor de su éxito.

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Sobre su vida pesa la maldición proverbial de haber transcurrido en tiempos interesantes. La agonía del franquismo y el surgimiento de un régimen democrático en medio de graves dificultades sociales y económicas son el campo minado por donde debió transitar un joven Cebrián, que desde su infancia participó en revistas juveniles y ejerció de negro de su padre, notorio cargo falangista. A través de su él conoció al ministro franquista Joaquín Ruiz-Giménez, fundador de Cuadernos para el diálogo, en cuya fundación participara, atalaya desde la que alcanzar muy pronto un puesto meritorio de redactor en Pueblo. Allí coincidió con Jesús de la Serna, quien le ofreció un puesto de redactor jefe en Informaciones. Es la vida de un privilegiado que supo aprovechar muy bien sus oportunidades para estar en el lugar adecuado cuando un grupo de liberales abanderados por el hijo de Ortega y Gasset, José Ortega Spottorno, entre los que se encontraba el proteico ministro y personaje político Manuel Fraga, pusieron sobre la mesa la idea de fundar un diario moderno y europeo que de alguna manera fuera la bandera más visible del nuevo tiempo que se avecinaba tras la muerte del dictador.

Sin lugar a dudas las páginas más interesantes de Primera página son aquellas que se refieren al inicio de los trabajos en la redacción de El País, su lucha por la autonomía de la dirección frente a accionistas, pero también contra los intentos de los redactores de organizarse de forma asamblearia, y sucesos vividos en primera persona como el secuestro de Antonio María Oriol -donde se realizó desde la redacción labores de intermediación-, el Golpe de Estado de febrero de 1981 y el papel jugado entonces por el periódico, o el ascenso del PSOE de Felipe González al Gobierno y la relación con él. Cebrián se muestra como una persona realista y pragmática que a menudo se ve en la tesitura de tomar decisiones dramáticas, e incluso equivocadas, pero que justifica por la gravedad de los sucesos. Tampoco se corta en confesar casos de mala praxis profesional o de asumir “pifias” importantes, como la decisión a principios de los 80 de dejar de publicar informaciones sobre el caso Banca Catalana que afectaban a Jordi Pujol, también accionista del periódico. Cebrián no busca justificarse ni una absolución, solo explica sus razones en un mundo periodístico lleno de encuentros, cenas y comidas con el poder político y financiero que se sentía constructor de una realidad y seguido y respetado por los ciudadanos. Los errores de aquel concepto del periodismo como vanguardia social y albacea de los secretos oficiales se pagan ahora en forma de falta de credibilidad de los antiguos grandes medios.

El eco que deja la lectura de este libro es un recorrido por las distintas formas de poder que Cebrián ha conocido y ejercido, desde el orgánico del franquismo -donde fue por 8 meses director de informativos de TVE- al poder moral que da acercarse a figuras de prestigio como escritores e intelectuales. La historia de su vida nunca fue la de un periodista surgido de la nada que fundó un periódico de izquierdas y vendió su alma a los poderes financieros, sino la de alguien que sigue actualmente ejerciendo una potestad para la que se educó toda su vida y que, muy a su pesar, se convirtió en el símbolo de lo que no era. Extraer esta verdad de su libro permite entender un poco mejor los motivos del personaje y no juzgarlo con la severidad del converso. Son, por lo demás, sus páginas interesantes para periodistas y curiosos en las entretelas del poder, decepcionantes para amigos de la conjura, y demuestran cómo se puede modificar la realidad de un país con una máquina de escribir, un taller de impresión y, claro, dinero siempre fresco en la faltriquera.

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‘Noviembre’. Jorge Galán.

El 16 de noviembre de 1989 fueron asesinados en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de San Salvador (UCA) seis jesuitas y dos empleadas domésticas en lo que constituyó un crimen de oscuras motivaciones políticas sobre el que desde el principio el Gobierno y las Fuerzas Armadas salvadoreñas intentaron sembrar la confusión. Noviembre, el título de la última novela del también salvadoreño Jorge Galán (San Salvador, 1973), alude a los sucesos ocurridos en esa fecha, alrededor de los cuales se construye una narración que debe más a la crónica periodística y a la investigación criminal que al arte de la ficción. Prácticamente ningún personaje que desfila por sus páginas es inventado y en varios capítulos se alude y cita entrevistas que el autor ha mantenido en primera persona con algunos de los protagonistas que sufrieron o tienen información sobre el crimen, como son el caso del padre José María Tejeira, el superior jesuita Jon Sobrino o el expresidente de El Salvador Alfredo Cristiani. Noviembre es la reconstrucción y la condena sincera de unos asesinatos que, concluye, fueron planificados desde las más altas instancias políticas y militares.

2016-10-10-1476101168-1567781-galanEntre algunas de las historias que se anudan en su interior destaca la del padre José María Tejeira, provincial de los jesuitas para Centroamérica, quien fue informado en primer lugar de los hallazgos de los cadáveres tirados sobre el jardín de la universidad y que no tuvo ninguna duda de la implicación del Ejército y la connivencia del poder político en las muertes violentas. La orden de ejecutar a Ignacio Ellacuría y otros sacerdotes jesuitas, junto a su servicio, habría surgido durante los combates entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), de orientación revolucionaria, y el Ejército, cuyos mandos habían sido entrenados por Estados Unidos en la lucha antiguerrillera. Ellacuría y otros miembros de la UCA se habían destacado en ámbitos políticos y mediáticos como defensores del diálogo entre las dos partes y contrarios a la represión que la lucha contra el FMLN alimentaba por parte del Ejército.

Las páginas dedicadas a José María Tejeira sirven para dar luz acerca de lo que se comunica oficialmente del crimen y también de lo que se sabe extraoficialmente en los círculos del poder, mientras que otras partes de la obra alumbran, por ejemplo, la situación de la única testigo, Lucía Cerna, quien reconoce al batallón Atacatl del Ejército retirándose a la luz de unas bengalas señalizadoras. Estos capítulos sirven para fijar la posición de Estados Unidos y España ante el crimen y la sorprendente decisión de no dar protección a la testigo en España por iniciativa del embajador.

Galán narra también el asesinato del cura jesuita Rutelio Grande y de monseñor Romero mientras oficiaba la misa en el momento trascendente de la Consagración, con el fin de contextualizar y explicar una oleada de violencia que había puesto a los cargos jesuitas en su punto de mira por su cercanía a la Teología de la Liberación y su simpatía por las causas sociales. Destaca también el ambiguo papel del presidente Alfredo Cristiani, quien condena y lamenta personalmente los asesinatos pero parece incapaz de controlar a su vicepresidente José Merino López, de quien se asegura en este libro que se le vio aterrizando en helicóptero en la sede del batallón Atlacatl horas antes de la matanza. El padre-detectiva Tojeira tiene también encontronazos dialécticos con mandos superiores del Ejército que pretenden dirigir las acusaciones hacia el FLMN para atizar la lucha contra la guerrilla. Por último, Galán reserva sitio en Noviembre a la historia de un miembro de este batallón, que pese a no participar directamente en el tiroteo confirma que  la tropa participó en el despliegue alrededor de la UCA.

Noviembre es una acusación directa que le ha valido a su autor vivir exiliado de su país. No es una novela alegórica o un recopilatorio de dudas. Es un alegato a veces apasionado, pero donde también hay sitio para la poesía de este consumado poeta con varios libros en su haber. Es una mezcla interesante de entrevistas, datos periodísticos y hechos históricos que pretenden asentar la verdad y hacer justicia a los muertos. Solo la belleza descriptiva de algunos paisajes y sus diversos puntos de vista nos recuerdan que estamos ante una novela, al menos formalmente, y no ante una crónica periodística. Una brillante novela, añadiría, que no ha dejado a nadie indiferente en El Salvador, y tampoco debería hacerlo en España, patria  natal de casi todos los sacerdotes asesinados aquella madrugada de Noviembre.

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