Editor. Tom Maschler.

Si Don Draper, el protagonista de la serie Mad Men, tuviera un equivalente en el mundo del libro, ese sería sin lugar a dudas Tom Maschler, editor inglés en Jonathan Cape. En su despacho se fraguaron éxitos editoriales del calibre de Hijos de la medianoche, de Salman Rushdie; las primeras recopilaciones de cuentos y novelas del fundamental Ian McEwan; la mejor etapa de Roald Dahl o el desembarco de la literatura del boom latinoamericano en el mundo anglosajón con Gabriel García Márquez como banderín de enganche. En Editor (Trama Editorial, 2009) recuerda sus días al frente de Cape, sus encuentros con escritores de fama mundial como Martin Amis, Doris Lessing, Julian Barnes y Allen Ginsberg e incluso su papel en los dos únicos libros que publicó el ‘beatle’ John Lennon.

Maschler

Aunque alejado de la estética de Don Draper, de su trabajo de publicista y de sus excesos etílicos y más cercano al ‘swinging London’ sesentero, Maschler, como buen inglés, cuenta con cierta elegancia discreta, anécdotas, retazos de vida, desencuentros y aciertos que hicieron de Cape y de él mismo dos nombres fundamentales en el mundo de la edición. Un título póstumo de Ernest Hemingway tan popular como París era una fiesta surgió, por ejemplo, de una reelaboración de artículos y notas dispersas hechas por Maschler junto a la viuda del escritor. También buena parte de la carrera de aquellos ‘angry young men’ ingleses que tomaron el mundo de la ficción al asalto se debe a este hombre de gran olfato literario.

La relación con los autores y, por supuesto, el proceso de edición de los libros son los dos grandes ejes que articulan estas memorias escritas a base de pinceladas sueltas, un croquis sin orden que se mueve convulso en torno al caos creativo. Suerte y trabajo son sus dogmas de fe, y también el entusiasmo por la literatura, el papel fundamental que tiene enamorarse de un texto para su éxito final. Es un romántico consciente a su vez del peligro de creerse un iluminado en una tinaja dominada por tiburones y atenazada siempre por los cálculos económicos.

La época de Cape y de este particular Don Draper de la literatura ya no existe. Se extiende la conclusión de que domina más el bolsillo que la necesidad de poner a disposición de la sociedad textos que retraten su acontecer. Nos quedan, eso sí, estos recuerdos y su voz: “Siempre he buscado artistas que trabajen con el corazón”.

Thanks, Tom.

 

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