Prohibido entrar sin pantalones. Juan Bonilla.

Hay escritores cuya vida bien merece una novela. Nunca tan claro como en el caso de Vladimir Maiakovski, poeta futurista ruso poseedor de un talento arrollador y salvaje, quien puso al servicio de los ideales de la Revolución rusa su innata capacidad para la provocación, la creación y la puesta en escena. En Prohibido entrar sin pantalones, el escritor jerezano Juan Bonilla retrata en sus excesos, su obra y, sobre todo, sus pasiones amorosas, a un hombre que convirtió su modo azaroso de vivir en su definitiva obra maestra.

Una novela sobre un escritor que amaba la violencia física y que creía que los poemas debían taladrar, a ser posible con una máquina, la cabeza no iba detenerse en análisis psicologicos de infancia y una visión cálida y humana del personaje. Desde el principio, Bonilla lo sitúa en plenitud de facultades, amo de la escena: los últimos estertores del zarismo, el inicio de las revoluciones de 1917, la guerra civil y, asociado a ello, el desarrollo del grupo futurista y sus encontronazos con otras ramas de la literatura rusa de la época.

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Dos ejes mueven la novela: la lucha de Maiakovski por imponer su visión de la literatura al resto de creadores, y después al pueblo ruso, y su lista de amantes, en los que busca aplacar un deseo primario antes que encontrar un refugio donde hallar tranquilidad. Enemigo de lo rutinario y lo establecido, aunque lo que se establezca sea el Estado bolchevique por el que ha luchado toda su juventud, su conversión en el primer poeta de la Revolución, el epítome de quien pone su trabajo al servicio de la causa, es también fuente de todos sus problemas; por una parte con quienes creen, con Anna Ajmátova a la cabeza, que se ha convertido en otro chequista a sueldo del partido que persigue la desidiencia, y, por otra, con aquellos artistas del realismo socialista que piensan que vive entregado a su ego y que sus delirantes montajes para el teatro o el cine no reflejan la realidad del obrero y el campesino que Stalin impulsa.

Novela agónica y obsesiva que funciona como un largo poema en prosa, Bonilla ha querido que su manera de escribir se convierta en volcánica para acompañar las andanzas de Maiakovski, su deambular por medio mundo y sus hazañas sexuales, como si se hubiera dejado empapar de su espíritu rebelde y burlón para crear un texto flamígero. Es muy difícil abandonar una lectura que recorre los años, poemarios, cartas, régimenes, guerras y parejas a la velocidad del rayo eléctrico futurista.

Prohibido entrar sin pantalones recibió el I Premio Bienal de Novela Vargas Llosa y ha cosechado buenas criticas, sin embargo es sorprendete su escasa aceptación popular y la sensación de haber sido arrinconada pronto. Sin lugar a dudas es una de las novelas más descaradas y sorprendentes de la excelente cosecha de 2013. Todos los que aman divertirse leyendo tienen que acercarse a ella. Si además luego aprenden algo de futirsmo, mejor. Les va a encantar. Consiste en apostar por la vida frente al academicismo moribundo. ¿Quién no se apunta a eso?

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