‘Hitler, mi vecino’. Edgar Feuchtwanger y Bertil Scali.

‘Hitler, mi vecino. Recuerdos de un niño judío’.

Edgar Feuchtwanger y Bertil Scali.

Anagrama, 2014.

Edgar Feuctwanger, sobrino del escritor aleman Lion Feuchtwanger, perteneciente a una antigua y conocida familia de origen judío afincada desde hace siglos en Baviera, vivió durante su infancia y adolescencia diez años frente al piso propiedad de Adolf Hitler, líder del Partido Nazi y posteriormente canciller y dictador de Alemania. Fue en el Munich de los años 30, una época sacudida por la depresión económica y el fracaso de la República de Weimar. ‘Hitler, mi vecino. Recuerdos de un niño judío’, que ha publicado Anagrama, recupera precisamente la memoria de este testigo de excepción, que desde su ventana observa día a día cómo ese hombre que vive en la acera de enfrente inicia una descarga de odio incomparable que acaba poniendo en peligro su vida y la de sus familiares.

Sus recuerdos, escritos en comandita con el periodiosta Bertil Scali, arrancan en 1929, cuando Edgar tiene 5 años y justo frente a su acomodada –pertenece a una familia muy bien relacionda con la élite intelectual del momento- casa muniqués se instala Adolf Hitler, entonces líder de un oscuro partido sin apenas representación nacional y que solo esgrime un panfleto de odio, ‘Mi lucha’, al que pocos parecen prestar atención. Pero la situación va a cambiar muy pronto, tanto para el aprendiz de caudillo como para la abierta y tolerante sociedad de la República de Weimar, donde el público celebra y compra masivamente la última novela de su tío Lion Feuchtwanger, ‘El judío Süss’, y Thomas mann, luego exiliado, es una figura respetada y equivalente a un Papa laico.

El ‘martes negro’ de la bolsa neoyorquina que precipita la Gran Depresión da un público dispuesto a escuchar y, lo más peligroso, creer el mensaje victimista cargado de odio que Hitler inocula a las masas. Así, el pequeño Edgar se entera de que el Partido Nazi se ha convertido en una de las fuerzas más poderosas del país y, en apenas unos años, ese vecino suyo taciturno que suele comer en el restaurante L’Osteria de espaldas a la sinangoga en canciller de aquella república que pronto se convertirá en un Reich.

Siempre a través de su mirada de niño asistimos a cómo fragua una dictadura en una república de hombres libres e iguales, donde nadie se había preocupado demasiado del origen racial de sus miembros. Apenas dos meses después del fátídico 30 de enero de 1933 –fecha del ascenso de Hitler al poder-, una maestra le hace dibujar a ese escolar de nueve años una cruz gamada sobre un martillo –símbolo del triunfo de la esvástica sobre el comunismo con motivo de la festividad del 1º de mayo-, y, más tarde, el mapa de lo que será el futuro imperio que el Gobierno totalitario ambiciona. A la par se abren los primero campos de concentración como el de Dachau y el clima político cambia radicalmente.

El libro acierta al describir cómo una dictadura se infiltra hasta en los tejidos más pequeños de la sociedad y la envenena con su odio irracional, multiplicado por el poder de los medios. Los amigos del colegio de Edgar con los que juega y fantasea en el recreo, le retiran la palabra. No hay motivo. Igual harán los contactos intelectuales de su padre y su tío, que no quieren ser considerados ‘amigos de judíos’. Por todas partes el miedo y la cobardía conducen a buenas personas a tolerar los estragos del Partido Nazi, convirtiendo la hasta entonces populosa casa de los Feuchtwanger en una isla donde crece el aislamiento y el pavor ante los acontecimientos: incendio del Reichstag, detención de los disidentes, leyes raciales, ocupación de Renania y del corredor del Danzing, pactos de Munich, ocupación de Los Sudetes…

La psicología de ese niño evoluciona de la admiración que en un primer momento le provocan las consignas militaristas que emanan de la propaganda oficial, hacia un rechazo frontal a quienes le persiguen sin motivo –“¿Quiere matarnos’, ¿por qué nosotros, por qué yo?”, se pregunta- al ir descubriendo su condición de persona perseguida, pese a que ser judío nunca ha significado gran cosa en su familia.

‘Hitler mi vecino’ es una reivindicación de los opositores callados y pequeños, de aquellas personas silenciosas en las que no reparan los grandes hombres que cosen la historia, de quienes observan y apuntan minuciosamente las tropelías que cometen con el afán un día de “dar testimonio”, contarles a otros qué sucedió realmente, qué crímenes cometieron.

Edgar Feuchtwanger y su familia pudieron escapar a la puerta del infierno que ya se abría ante ellos y en 1939, casi en el último suspiro, viajaron hacia su salvación Londres antes de que la guerra cerrara o directamente volara las fronteras y convirtiera Europa en una gran trampa mortal para millones de personas, particularmente judíos. Esta crónica de por qué alguien que vive junto a ti y cuya luz del salón ves encendida cada noche es capaz de odiarte tanto y de cómo un país abierto, moderno y cosmopolita, y las personas que viven en él, pueden caer en muy poco tiempo presa de la más absoluta barbarie debe ser leido con atención en este tiempo también de crisis económica y mesianismos políticos y nacionales. Quién sabe cuánto tardará ese vecino que hoy simplemente se enjuga unas lágrimas pensando en la patria idílica que ha de venir en forzar que algo cambie en su beneficio, sea cual sea el precio que otros deban pagar.

 

Iván Alonso Pérez

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