‘Primera página’. Juan Luis Cebrián.

Juan Luis Cebrián lo había sido todo en el periodismo español a los 44 años. A esa edad ya había trabajado de redactor en el diario Pueblo, había sido subdirector del periódico Informaciones con apenas veinte años, y fundador y también directivo de la mítica revista del tardofranquismo Cuadernos para el diálogo. Dirigió los informativos de TVE durante ocho meses y finalmente fundó y dirigió El País, desde su salida a la calle en 1976 hasta 1988. Por eso sus memorias personales y profesionales contenidas en Primera página. Vida de un periodista. 1944-1988 saben a poco, porque es imposible que en sus 380 páginas este monstruo de la profesión, que acumuló en sus manos un poder inmenso y tuvo acceso a las personalidades más destacadas de la política nacional e internacional y de la cultura, cuente en ellas todo lo que ha vivido y sabe. Sus anales deberían tener 3.380 páginas, y solo así podrían arañar un mínimo el background acumulado en las más altas esferas del cuarto poder. Por otra parte, su voluntad de cortar la narración en el momento de su despedida como director de El País y el inicio de su labor directiva en Prisa es un agravio que añadir a los que deseamos más páginas de recuerdos, charlas de sobremesa off the record y confidencias de uno de los auténticos muñidores de la Transición, quien la sirvió ordenada en ese periódico de referencia llamado El País que hoy sufre como todos los embates de una imparable  crisis publicitaria y también de credibilidad.

Sirvan estas memorias plagadas de olvidos voluntarios, y también de espesos silencios, para desterrar varios mitos forjados alrededor de El País y de quien fuera su director emblemático. En primer lugar Cebrián no oculta, no tiene por qué hacerlo, su adscripción desde nacimiento a la clase privilegiada de la sociedad a través de una familia de intelectuales de clase media cercana a los postulados del régimen. “Nací en un hogar burgués”, exclama a modo de exordio. Su padre, Vicente Cebrián, era periodista en el diario Arriba, órgano oficial de Falange; mientras que su abuelo, médico, se consideraba un librepensador de derechas. Cebrián tuvo vocación sacerdotal y practicó un catolicismo, luego olvidado, que arraigó en él unas convicciones que no le hicieron sentir nunca simpatía por las ideologías de la extrema izquierda, a pesar de que en su momento los Servicios de Información le hicieran pasar por agente del KGB y se le acusara de escorar su periódico hacia el marxismo. De ahí también se entiende que fundara y concibiera El País como un periódico ‘independiente’ que no estaba al servicio de ideología alguna, pero sí dirigido hacia la democratización de España, su ingreso en el Mercado Común Europeo, su carácter cosmopolita y liberal, sin los signos socialdemócratas que más tarde se le achacarían. Esa vocación institucional fue algo impulsado por su director desde el primer momento y no sobrevenido al calor de su éxito.

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Sobre su vida pesa la maldición proverbial de haber transcurrido en tiempos interesantes. La agonía del franquismo y el surgimiento de un régimen democrático en medio de graves dificultades sociales y económicas son el campo minado por donde debió transitar un joven Cebrián, que desde su infancia participó en revistas juveniles y ejerció de negro de su padre, notorio cargo falangista. A través de su él conoció al ministro franquista Joaquín Ruiz-Giménez, fundador de Cuadernos para el diálogo, en cuya fundación participara, atalaya desde la que alcanzar muy pronto un puesto meritorio de redactor en Pueblo. Allí coincidió con Jesús de la Serna, quien le ofreció un puesto de redactor jefe en Informaciones. Es la vida de un privilegiado que supo aprovechar muy bien sus oportunidades para estar en el lugar adecuado cuando un grupo de liberales abanderados por el hijo de Ortega y Gasset, José Ortega Spottorno, entre los que se encontraba el proteico ministro y personaje político Manuel Fraga, pusieron sobre la mesa la idea de fundar un diario moderno y europeo que de alguna manera fuera la bandera más visible del nuevo tiempo que se avecinaba tras la muerte del dictador.

Sin lugar a dudas las páginas más interesantes de Primera página son aquellas que se refieren al inicio de los trabajos en la redacción de El País, su lucha por la autonomía de la dirección frente a accionistas, pero también contra los intentos de los redactores de organizarse de forma asamblearia, y sucesos vividos en primera persona como el secuestro de Antonio María Oriol -donde se realizó desde la redacción labores de intermediación-, el Golpe de Estado de febrero de 1981 y el papel jugado entonces por el periódico, o el ascenso del PSOE de Felipe González al Gobierno y la relación con él. Cebrián se muestra como una persona realista y pragmática que a menudo se ve en la tesitura de tomar decisiones dramáticas, e incluso equivocadas, pero que justifica por la gravedad de los sucesos. Tampoco se corta en confesar casos de mala praxis profesional o de asumir “pifias” importantes, como la decisión a principios de los 80 de dejar de publicar informaciones sobre el caso Banca Catalana que afectaban a Jordi Pujol, también accionista del periódico. Cebrián no busca justificarse ni una absolución, solo explica sus razones en un mundo periodístico lleno de encuentros, cenas y comidas con el poder político y financiero que se sentía constructor de una realidad y seguido y respetado por los ciudadanos. Los errores de aquel concepto del periodismo como vanguardia social y albacea de los secretos oficiales se pagan ahora en forma de falta de credibilidad de los antiguos grandes medios.

El eco que deja la lectura de este libro es un recorrido por las distintas formas de poder que Cebrián ha conocido y ejercido, desde el orgánico del franquismo -donde fue por 8 meses director de informativos de TVE- al poder moral que da acercarse a figuras de prestigio como escritores e intelectuales. La historia de su vida nunca fue la de un periodista surgido de la nada que fundó un periódico de izquierdas y vendió su alma a los poderes financieros, sino la de alguien que sigue actualmente ejerciendo una potestad para la que se educó toda su vida y que, muy a su pesar, se convirtió en el símbolo de lo que no era. Extraer esta verdad de su libro permite entender un poco mejor los motivos del personaje y no juzgarlo con la severidad del converso. Son, por lo demás, sus páginas interesantes para periodistas y curiosos en las entretelas del poder, decepcionantes para amigos de la conjura, y demuestran cómo se puede modificar la realidad de un país con una máquina de escribir, un taller de impresión y, claro, dinero siempre fresco en la faltriquera.

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