Aunque caminen por el valle de la muerte. Álvaro Colomer.

El 4 de abril de 2004, mientras España aún se recuperaba del shock de los atentados del 11 de marzo y el Gobierno de José María Aznar permanecía en funciones, en Irak las tropas desplegadas hacía meses, junto a soldados salvadoreños, estadounidenses y fuerzas mercenarias de la empresa privada Blackwater, libraban la que es considerada hasta hoy la última batalla del Ejército español, un episodio oscuro de escasa gloria que el escritor y periodista Álvaro Colomer detalla ahora en Aunque caminen por el valle de la muerte, obra de ficción basada en doscientas entrevistas con protagonistas y testigos presenciales donde lo único que no es real son los nombres de los personajes y sus historias personales. El resto es una crónica real de cobardía, de miseria política y de lo difícil que resulta en el mundo actual ejercer la profesión de soldado.

9788439732150En su intención de contar fielmente los hechos sucedidos en Najaf, Colomer ha optado por una narración con múltiples puntos de vista donde alternativamente se da voz a un sargento de infantería del Ejército español; a un miembro del Ejército chií del Mahdi; al coronel de un batallón salvadoreño y a diversos miembros de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, entre los que se encuentran mercenarios de la contrata Blackwater. Esta técnica contribuye a plasmar con verismo la confusión inherente a toda batalla. Ya en las citas del libro, el periodista Manuel Chaves Nogales nos advierte de que las batallas “no se ven”. La renuncia al punto de vista externo y omnisciente permite que comprendamos mejor la situación de cada personaje y sintamos su aislamiento y confusión en el combate.

Por una parte, podemos compartir la frustración de los soldados españoles atados de pies y manos por unos políticos en funciones que se niegan a considerar como una guerra el ataque a la base Al-Andalus; por otra, entender la angustia de los soldados de distintas nacionalidades que intentan repeler la agresión, batallando al mismo tiempo contra sus propios demonios, y que se indignan ante la posición que se ven obligadas a adoptar las compañías españolas.

El libro es una historia de personas que hacen lo único que pueden hacer, y de quienes solo pueden obedecer a pesar de la muerte que les rodea. Si como escribió Samuel Johnson, “todo hombre se avergüenza de no haber sido un soldado”, no debe caber peor afrenta que serlo y no poder llevar a cabo su trabajo por los complejos y cálculos de una clase política ajena a la realidad y urgencias del combate. La base Al-Andalus es asaltada por milicias organizadas y las tropas españolas ni siquiera pueden servir munición a sus superados aliados, quienes se baten en los muros mientras los mílites españoles juegan a las cartas en el interior y los superiores bregan a un tiempo con llamadas de angustiados políticos y las solicitudes de ayuda de los defensores del perímetro.

Hora a hora, muerto tras muerto, Colomer nos sumerge en la miseria de la guerra y en las terribles decisiones que se han de adoptar. Un hombre disparando a adolescentes, soldados salvadoreños tomando un hospital, convoyes que quedan abandonados tras las líneas y la constante irrupción anticlimática en el caos de las llamadas desde la civilización donde las voces solo quieren ser tranquilizadas, saber que todo es políticamente correcto, que la intervención sigue siendo humanitaria y en son de paz, y que las balas que zumban y los primeros muertos y heridos no son de verdad, puede que ni siquiera estén muertos pese a tener la cabeza reventada.

El salmo de donde obtiene el libro su título dice que aunque camine por el valle de las sombras “no le temeré a nada porque el Señor es mi pastor”, un tópico de confianza en el poder omnímodo de Dios, devenido en broma macabra cuando el valle queda defendido solo por el subfusil de alguien y no hay pastor, ni siquiera mando superior, que te proteja. Los protagonistas de Aunque caminen por el valle de la muerte están aislados en su experiencia de combate y siguen sus propias reglas o interpretan las órdenes a su manera para escapar de la carnicería y sobrevivir pagando cada cual su peaje, ya sea en sangre o en experiencias postraumáticas.

Colomer, por lo menos, no nos somete a la experiencia kitsch de hablar del militarismo y el antimilitarismo sin haber bajado a la arena. Su antimilitarismo es el auténtico, el que exudan las camisas ensangrentadas de los soldados. Pocos escritores se atreven a dedicar sus páginas a las experiencias de los soldados españoles actuales, hasta ahora casi Lorenzo Silva era una excepción y una rareza, pero ya tiene quién le acompañe. Si Colomer no ha visto guerra, por lo menos ha conocido y se ha preocupado por contar la historia de quienes estuvieron en el valle de la muerte y no tuvieron pastor ni cayado para sostenerse.

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