‘La noche de la pistola’ es el libro del verano

La noche de la pistola es el libro del verano. Y eso que se publicó en 2008, pero la editorial Libros del K.O. lo ha publicado en español ahora en traducción de María Luisa Rodríguez Tapia y le ha hecho una portada excelente para estas memorias yonquis y alocadas de un periodista de primera: letras, un revolver y su nombre, David Carr. Alguien que escaló a lo más alto de su profesión a pesar de que arrastraba un expediente de adicciones a todas las sustancias químicas conocidas y crónicas recaídas en el consumo salvaje de alcohol. Igual como libro de verano esperaban otra recomendación, pero en verano no me negarán que el cuelgue está a la orden del día, y este es el libro perfecto para sentirse un colgado desde la comodidad de una piscina, un chiringuito o una hamaca. Si leer es asumir una forma de riesgo, sobre ello David Carr sabía algo.

A mediados de la década pasada, Carr decidió recordar sus estragos y enumerar los cadáveres que había dejado en el camino y aplicó el método periodístico a las memorias de su vida en el vertedero del crack y la cocaína inyectable: entrevistó a todas las personas que se habían cruzado con él y le habían soportado o detenido, desempolvó fichas policiales y expedientes de clínicas de desintoxicación, grabó horas de conversaciones con ex mujeres, ex jefes y ex camellos, y escribió la historia de su vida entre los locos, donde caben todos los excesos y también todas las iluminaciones, y el fiel retrato de lo que es el día a día de un yonqui y un mercenario del trago con sus servidumbres y sus trucos para conseguir un chute más.

Esta es una historia de final triste, pero cuando se escribió era un cuento de hadas infernal. David Carr murió de un infarto en la redacción de The New York Times. En lo más alto. Quién se lo iba a decir cuando huía de la policía o iba apestando a entrevistarse con políticos y luego dormitaba sobre los teclados de revistas deportivas antes de despertar, tomar su capa de vampiro y volver a asaltar la noche sin darse tregua. ¿Empezar una farra en Mineápolis y continuarla en Chicago tras coger una avioneta? ¿Por qué no? Tan excesivo era que llegó a preocupar incluso a traficantes de droga, pequeños delincuentes y amigotes de pipa de crack. Todo gente recomendable de la honorable sociedad del vicio. Honor en medio de los detritus.

Pero de sus excesos y de su largo proceso de desintoxicación nos dejó La noche de la pistola para, sin autoconmiseración, ni redenciones cristianas, saber qué es tener memoria en el subsuelo y volar desde el inframundo por amor a dos hijas gemelas nacidas en un nido de yonquis y a un oficio, el periodismo. Fue de hecho su obsesiva práctica y su capacidad para rastrear historias lo que le salvó de mirar al abismo más de una vez.

La noche de la pistola es un libro vomitivo, es un libro desagradable, es un libro maravilloso escrito por alguien que era brutal y al que solo acceder a cierta clase de amor le permitió una redención inesperada. Igual no es el libro del verano o un libro para el verano, pero les aseguro que el verano se va convertir en otra cosa si lo leen y pueden acabar, como me ha pasado a mí, mirando marcas de revólveres italianos. Y descubrir que son de fogueo. Porque una cosa es lo que buscamos cuando hemos creído vivir. Y otra lo que hemos vivido.

Iván Alonso Pérez

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