La vaga, que no vana, ambición de Antonio Ortuño

Hasta hoy no sabía nada de Antonio Ortuño ni de su ya larga carrera literaria a pesar de su juventud. A partir de hoy trataré de no perderme nada y leer todo lo que caiga en mis manos. La causa es La vaga ambición, un, claro está, ambicioso libro de relatos sobre las trampas y penurias de la literatura escrito para que nos asustemos, nos riamos o compadezcamos a quienes se dedican a este oficio dado a las ambiciones, aunque resulten casi todas algo vagas y etéreas. Oficio de fantasmas. ¿Alguien ha visto más divos por metro cuadrado que en una reunión de escritores? Si eres de los que escriben y te tomas poco en serio o te das importancia pero te gusta asomarte a tu propio abismo, sigue leyendo.

Me refiero a que sigas leyendo La vaga ambición, no este blog.

En seis relatos donde se cruzan Cervantes con Borges, la épica y la tragedia, la persecución del estalinismo y también una batalla familiar, Ortuño traza la biografía soterrada de un tal Arturo Murray, casado con Aura, y sobre el que siempre se yergue la sombra de una madre que inocula, vigila y censura el vicio de escribir. Si el primer cuento Un trago de aceite, es el trauma a partir del cual se origina una literatura; en El caballero de los espejos tenemos a todo un Pierre Menard (ese personaje de Borges) reescribiendo El Quijote para mofa de su familia. ¿Quién no ha sentido alguna vez vergüenza por escribir? ¿Cómo justificar que uno pasa su tiempo imprimiendo garabatos en una cuartilla? Sencillo, aunque cuándo tenemos ocho años no lo sepamos, cuando te pagan por ello.

En el cuento Quinta temporada encontramos un escritor que al oro se ha humillado poniendo su talento al servicio de los guiones de una serie de épica medieval. El problema es que el trabajo compartido a varias manos y las preocupaciones de los guionistas no son las suyas. Haga lo que haga su escritura se va a ver contaminada por las servidumbres de la ficción televisiva. De sentirse perseguido por las burlas familiares a ser burlado por las necesidades de la vida para pagar esa vaga ambición de que tu madre te reconozca al fin como escritor y tu mujer te respete por tener ese trabajo.

Claro que no todos los problemas se reducen al dinero. También hay dictadores que persiguen a escritores, como les sucede a Walter y Mijaíl (no son cualquier Walter y Mijaíl) en el Moscú de Stalin cuando se les ocurre estrenar una socarrona obra teatral que parodia la revolución en la granja de mierda que Koba, el temible, y sus acólitos están llevando a cabo en la URSS. Provocar es repugnante, sobre todo al dictador. Porque el oficio verdadero de un escritor es provocar y crearse mil enemigos y cargar solo contra ellos.

De eso va el épico final de La vaga ambición, de una carga de caballería por la literatura una mañana en Hastings, que cobra forma en un taller literario con desesperados que se mantienen en pie porque escriben. ¿Y para qué sirve sufrir tanta persecución, tanta vergüenza, tanto tragar aceite, tanto trabajo mercenario por la vaga ambición de ser escritor? Respuesta de Antonio Ortuño: para vencer y que Inglaterra sea conquistada, para mentir y engañar como no sabe hacerlo nadie, para que un día alguien cante las hazañas que inventan los escritores incluso en medio de las batallas de la cotidianidad más insípidas. Porque al fin esta vaga ambición sirve para algo. Para vivir más y mejor.

 

Iván Alonso Pérez

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