Los orígenes del fundamentalismo

He leído con gran interés ‘Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam’ de la Premio Princesa de Asturias Karen Armstrong, un libro escrito antes del 11 de septiembre donde ya alertaba de los riesgos de no entender las raíces profundas de los movimientos fundamentalistas que estaban recorriendo e incendiando las tres principales religiones monoteístas del mundo.

Armstrong explica en sus páginas que, frente a la visión que se tiene de ellos de fanáticos integristas medievales, los fundamentalistas hacen una interpretación ‘moderna’ de la religión rebuscando en sus ‘fundamentos’ para completar lo que el mundo desarrollado ha arrebatado, según ellos, a la humanidad: el mito y el lugar de Dios en el ser humano… Y a menudo esto se hace mediante una parodia del Estado laicista y la razón.

Los fundamentalistas a menudo denuncian con sensatez los excesos del cientifismo y la agresividad comercial del mundo capitalista que deshumaniza y aliena a las personas, pero su alternativa está lejos de la mansedumbre y el amor al prójimo que desprenden sus textos religiosos.

Si la civilización apuesta por el comercio y el individualismo, el fanatismo tiende a recurrir a los excesos del gregarismo e incluso la violencia. Según Armstrong, el mundo moderno ha liberado al hombre, pero le ha dejado solo y asustado, y el fundamentalismo vuelve siempre reformado para completar ese lugar y darle un a explicación a lo que es confuso y cambiante: el mal lucha contra el bien, pero el bien ganará pronto la partida y el Reino de Dios está próximo.

Armstrong alerta tanto del peligro de reprimir en exceso el fundamentalismo como de ser complaciente y tratar de aprovecharse de él para otros fines. Quienes se ríen del poder de los mitos y los símbolos suelen acabar pereciendo bajo ellos. Un desarrollo humano que no deje atrás a los desfavorecidos y tampoco condene y se burle del ansia de trascendencia que es natural a las personas, donde haya su sitio y respeto para la divinidad, parece lo más adecuado para afrontar esta tendencia antes de que el conflicto por desencadenar el Juicio Final sea inevitable.

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