Los turistas desganados

La primera novela de Katixa Agirre, Los turistas desganados, plantea un equilibro  narrativo muy difícil: por una parte es la historia íntima de varias personas que viven y transitan por el País Vasco; por otro lado, es un relato sobre los años del terrorismo etarra, sobre las víctimas que provocó y sobre la situación en la que quedaron los familiares de los presos de la organización terrorista. La historia corría el riesgo de ser devorada por el contexto histórico y las polémicas que aún levanta, pero sin ese telón de fondo la trama perdería todo su sentido. He de decir que Agirre ha salido airosa del reto y su narración y personajes tienen valor por sí mismos, más allá del escenario en el que se mueven.

Los turistas desganados del título son dos, Ulia, una joven musicóloga nacida en el País Vasco, y su novio Gustavo, abulense y aficionado a los viajes culturales. Con su nuevo coche recorren el País Vasco parando de restaurante en restaurante, comiendo y bebiendo con sana glotonería mientras se pierden en divagaciones ociosas. Ulia está planeando una tesis doctoral sobre el compositor británico Benjamin Britten, polémico pacifista durante los años de la II Guerra Mundial; mientras que Gustavo solo se deja mecer por el narcótico del alcohol, ignorante aún de muchos aspectos de la vida que ha llevado su novia antes de conocerla.

El viaje es, como en toda novela, la excusa para un descubrimiento interior. A la luz de los sucesos vamos asistiendo a fogonazos del pasado y presente de Ulia. Que su madre convivió con un hombre que no era su padre. Que a menudo viaja a Andalucía o a Canarias a visitar a otro hombre encarcelado por asesinatos terroristas de ETA. Que ella misma llegó un día a plantarse en Granada para conocer a alguien cuyo recuerdo bloquea y le impide hablarle de él a su pareja. Que su temprana vocación musical está frustrada por su incapacidad para ‘vocalizar’ (hablar), quizá un efecto colateral psicosomático de su imposibilidad de explicar su parentesco con el hombre preso en la cárcel.

Ulia es consciente de los estragos terroristas provocados por el que dicen es su padre, entre ellos el asesinato de dos niños. La protagonista no es ninguna enferma de fanatismo y la narradora es tan honrada como para no ocultarlo con toda su crudeza. Aquí no hay interesadas elipsis ni metáforas cromáticas. Es esa realidad que choca contra el seno de protección en el que ha vivido (su madre y ‘padre’ adoptivo se lo ocultaron) lo que provoca la crisis del personaje. Al igual que su adorado compositor Britten, ella se encuentra en tierra de nadie, amante de la paz, solo busca algo de tranquilidad interior y centrar su vida lejos de los fantasmas del pasado, aunque las noticias cargadas de actualidad sobre un preso de la organización terrorista que sigue una huelga de hambre se inmiscuyen en ese viaje a la Patria -referencia quizá a la ya internacional novela de Fernando Aramburu- y provocan el afloramiento de todas sus contradicciones.

Entiendo que haya quien lea Los turistas desganados con el afán escrutador del que busca la marca del relativismo o de la ideología. Pero no los hay. A Ulia le molesta la intromisión de una periodista amiga de su novio que durante el viaje parece querer indagar en su pasado y se muestra despectiva hacia el tratamiento que los medios de comunicación dan de la situación del preso. Pero hay que decir que los medios merecen a menudo iguales descalificativos por sucesos no relacionados con el terrorismo etarra por parte de muchos ciudadanos sensibles. El personaje completo que Agirre ha creado no es de una pieza, no es una militante, no es una polichinela lista para vomitar su propaganda en cada línea. Es un ser humano sensible, contradictorio a veces, que trata de asimilar la marca del monstruo en su interior y continuar adelante con su vida personal e intelectual. Como decíamos al principio, la autora ha manejado bien el equilibrio de la incertidumbre y ha escrito una gran novela que merece vivir al margen de los debates ideológicos.

Dense el placer de conocer a Ulia y sus problemas, de viajar con los turistas desganados por el actual País Vasco y acercarse mejor a algunos de sus rincones y habitantes. Es una invitación a adentrarse en los pensamientos y dudas de quienes a veces suelen presentarse en bloque monolítico y con los que difícilmente vamos a trabar conversación en nuestra cómoda vida diaria. La buena literatura sirve para sacarnos de la comodidad, como lo hace esta honesta novela.

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