El peón. Paco Cerdà.

En 1962, el ajedrecista estadounidense Bobby Fischer se enfrentó al español Arturo Pomar en una partida desigual en Estocolmo que supuso el momento álgido de la carrera como jugador profesional del ex niño prodigio Pomar y, al mismo tiempo, el inicio de su irreversible decadencia. Acabaría su vida como anónimo cartero en Barcelona.

Con ese enfrentamiento como excusa y eje principal, Paco Cerdà despliega una interesante colección de estampas históricas donde mezcla las vidas de los dos jugadores junto a una galería de sacrificados peonesde toda laya que van desde el antifranquismo a los negros e indígenas americanos.

El libro se estructura, de forma muy original, en los setenta y siete movimientos de la partida Fischer-Pomar y trata de que todos los capítulos sobre personajes externos a la trama principal, perseguidos, anónimos, derrotados, rebeldes y perdedores, se centren en hechos ocurridos en 1962. Así, nos encontramos el intento de James Meredith de estudiar en el segregado campus de la Universidad de Misisipi; la conversión a demócrata del falangista Dionisio Ridruejo o el derribo del U-2 del mayor Anderson sobre Cuba durante la crisis de los misiles. Y entremezclados con todos ellos las singulares vidas de Pomar y Fischer, que siguieron caminos muy distintos y desquiciantes.

La filosofía del peón, la pieza más humilde del ajedrez, de movimientos limitados y que puede ser sacrificado en cualquier momento, impregna las páginas de este libro dedicado a los perdedores. Escrito con gusto poético, elegante, referencial, y al mismo tiempo eficaz y narrativo en sus pequeñas estampas históricas, resulta entretenido y nunca ligero. No se permite el gusto de escribir por escribir.

Es una lectura curiosa y recomendable para quienes quieran adentrarse en las luchas por los derechos civiles, sociales y políticos de los años sesenta desde una óptica puramente literaria y alternativa; y también en el papel del ajedrez en todo ello, metáfora del enfrentamiento entre bloques y la triste realidad social de España.

Solo voy a apuntar unas pocas ideas desacertadas, en mi opinión. El accidente nuclear de Chernóbil no fue “una mera anécdota con propagandistas tuertos”,  como asegura el narrador en el capítulo 22 dedicado a las pruebas nucleares estadounidenses (que también realizaron, por cierto, la Unión Soviética, Francia y Reino Unido). Tampoco es oportuno equiparar en la misma frase a etarras y falangistas “de estirpe joseantoniana” con demócratas y víctimas del franquismo. Y, por supuesto, los “musulmanes armados” no son gente minúscula que desafían “los intereses del imperio del dinero”, sino reyes tiranos que asesinan a inocentes, es decir, a peones.

Iván Alonso Pérez

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