‘La buena reputación’. Ignacio Martínez de Pisón.

Las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla son todavía para el resto de España unas grandes desconocidas, y dentro de la literatura casi terra incógnita salvo por los acercamientos a la guerra de Marruecos de principios del siglo XX que protagonizaron Ramón J. Sender, Arturo Barea y, más recientemente, Lorenzo Silva. La buena reputación de Ignacio Martínez de Pisón vino a paliar este olvido centrando buena parte de su argumento en la Melilla posterior a la guerra civil a través de la historia de una familia compuesta por el judío, Samuel Caro, la católica orgullosa y déspota Mercedes, y sus dos hijas, Sara y Miriam, quienes mantienen una tensa historia familiar a lo largo de medio siglo que se acompasa con algunos de los grandes acontecimientos ocurridos en Melilla y en la península. Es esta una novela de herencias envenenadas y de secretos donde se ocultan actitudes heroicas, miserias y relaciones naufragadas,

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La novela es una historia de identidades contrapuestas. Si Samuel Caro, el fundador de una dinastía de consignatarios portuarios, es un judío integrado que respeta las creencias y valores conservadores de la sociedad en la que vive, su mujer, Mercedes, solo siente un mal disimulado desprecio por el mundo de su marido y aspira a regresar con su familia a su Zaragoza natal, donde discurrirá buena parte de la novela. Esta confrontación se va abismando cuando Samuel se compromete en colaborar con el éxodo de judíos marroquíes hacia España, mientras que su mujer parte con una familia rota por la fuga de una de las hijas del matrimonio hacia Málaga y poco después a Zaragoza.

Cinco puntos de vista se suceden que nos ayudan a apreciar el paso del tiempo y la sucesión de generaciones. Mientras que las novelas de Samuel y Mercedes construyen la identidad original de la saga y conforman los recuerdos y señales de referencia creando un pasado mítico de respeto y posición social destacada, las novelas de una de las hijas, Miriam, y de sus dos vástagos, Elías y Daniel, ya están levantadas sobre los retazos e incluso ruinas de sus padres y abuelos. La sensación de estar atrapados por un ayer envenenado que nunca acaba de estar del todo claro ni resuelto, condiciona el discurrir de estas personas aprisionadas, y muchas veces fracasadas, en unas existencias que sienten no haber controlado del todo desde el principio. La reputación de la que habla el libro es, a la postre, un peso que modifica los planes originales que tenían para sus vidas y que demuestra al lector la diferencia que media entre el destino que nos corresponde y el que acabamos teniendo.

Miriam y sus hijos tienen que reconstruir a partir de sus recuerdos y de objetos que afloran con cada herencia y mudanza las verdaderas relaciones que mantuvieron Samuel y Mercedes, decidir qué pesa más en  ellos, si la herencia cultural de los judíos Caro o el pragmatismo de Mercedes y tratar de perdonar y perdonarse a sí mismos por ver sus sueños artísticos o vitales estrellados contra el muro de las decisiones de alguien que, víctima de los convencionalismos sociales de una época, pasó a la condición de victimario de sus descendientes.

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Velázquez desaparecido. Laura Cumming

La crítica de arte Laura Cumming viajó a Madrid a principios de los años 90 para tratar de olvidar la muerte de su padre, también pintor. Sus pasos le llevaron a las salas del museo del Prado, donde un destello de luz le hizo detenerse en una de las salas. Allí estaba colgado Las meninas, el cuadro de Velázquez que es, por derecho propio, uno de los protagonistas de Velázquez desaparecido, el libro sobre la pasión por el arte y el amor particular por la obra velazqueña que Cumming ha escrito tras años estudiando y dejándose seducir por las obras del que ha sido considerado el pintor de los pintores.

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Durante su proceso de documentación Cumming tropezó por azar con la historia de John Snare, un librero del siglo XIX de la localidad inglesa de Reading que en una subasta compró por poco dinero un retrato del rey Carlos I y que atribuyó desde un primer momento a Velázquez. Esta sospecha la confirmó a través de un escrito que resumía lo poco que se sabía en ese momento en Inglaterra sobre la obra de Velázquez, a menudo confundido con otros pintores como Van Dyck y cuyo nombre mudaba a variaciones como Velasky o Velasco, y la relación con el cuadro comprado. Su libro le enfrentó a los críticos de arte de la época y terminó con una demanda por parte de los albaceas de un noble escocés, convencidos de que la pintura había sido sustraida de su propiedad y comprada ilegalmente. La triste historia de Snare, que terminó sus días como emigrado en Broadway, Nueva York, es una metáfora de lo que la gente puede llegar a sufrir por amor al arte. Snare dejó atrás familia, negocios y prestigio social para abuhardillarse en América junto a su Carlos I como toda riqueza y defender su autenticidad.

Si Snare y su pintura desaparecen de la vista del público para consumirse en su pasión, el propio Velázquez se disolvió en sus cuadros para que brillara mejor su impecable técnica al óleo y su visión humanista de la realidad y de los personajes con los que trató. Velazquez desaparecido es también un personal tratado sobre su arte donde, alternándose con la historia de Snare, Cumming aprovecha para deslizar opiniones y pasar revista a lo mejor de su producción. Sus bufones, el retrato del Papa Inocencio X, Las hilanderas o las imágenes de Felipe IV son descritos con pasión, contagian el entusiasmo por un arte “democrático” que muestra a las personas como son, troppo vero para algunos incluso, como comentó el pontífice de su atrevido retrato, y se realza la consumada técnica de Velázquez, esa que le ha permitido elevarse sobre el resto como el maestro absoluto de la perspectiva, la pincelada precisa y el raro don de otorgar vida a través de la pintura.

Los Velázquez desaparecen, sufren el deterioro y las suertes del azar. Esta es la historia de las vicisitudes de un cuadro y el hombre que lo custodia y se consume por él, y también del raro milagro de que hoy podamos aún contemplar esa luz en el fondo de los ojos en los lienzos que sobreviven colgados en museos. Sin pretenderlo Cumming ha escrito un gran libro para aprender a amar el arte a través del gozo de ver. Con sus explicaciones podemos recorrer las galerías y asomarnos a esos cuadros que parecen mirarnos desde cuatro siglos atrás. Velázquez desapareció para que sus retratados pudieran seguir viviendo entre nosotros. Ese es el misterio final tras la peripecia de John Snare en su buhardilla neoyorquina y de los secretos de perspectiva que se encuentran en el milagro consciente de Las meninas.

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‘Primera página’. Juan Luis Cebrián.

Juan Luis Cebrián lo había sido todo en el periodismo español a los 44 años. A esa edad ya había trabajado de redactor en el diario Pueblo, había sido subdirector del periódico Informaciones con apenas veinte años, y fundador y también directivo de la mítica revista del tardofranquismo Cuadernos para el diálogo. Dirigió los informativos de TVE durante ocho meses y finalmente fundó y dirigió El País, desde su salida a la calle en 1976 hasta 1988. Por eso sus memorias personales y profesionales contenidas en Primera página. Vida de un periodista. 1944-1988 saben a poco, porque es imposible que en sus 380 páginas este monstruo de la profesión, que acumuló en sus manos un poder inmenso y tuvo acceso a las personalidades más destacadas de la política nacional e internacional y de la cultura, cuente en ellas todo lo que ha vivido y sabe. Sus anales deberían tener 3.380 páginas, y solo así podrían arañar un mínimo el background acumulado en las más altas esferas del cuarto poder. Por otra parte, su voluntad de cortar la narración en el momento de su despedida como director de El País y el inicio de su labor directiva en Prisa es un agravio que añadir a los que deseamos más páginas de recuerdos, charlas de sobremesa off the record y confidencias de uno de los auténticos muñidores de la Transición, quien la sirvió ordenada en ese periódico de referencia llamado El País que hoy sufre como todos los embates de una imparable  crisis publicitaria y también de credibilidad.

Sirvan estas memorias plagadas de olvidos voluntarios, y también de espesos silencios, para desterrar varios mitos forjados alrededor de El País y de quien fuera su director emblemático. En primer lugar Cebrián no oculta, no tiene por qué hacerlo, su adscripción desde nacimiento a la clase privilegiada de la sociedad a través de una familia de intelectuales de clase media cercana a los postulados del régimen. “Nací en un hogar burgués”, exclama a modo de exordio. Su padre, Vicente Cebrián, era periodista en el diario Arriba, órgano oficial de Falange; mientras que su abuelo, médico, se consideraba un librepensador de derechas. Cebrián tuvo vocación sacerdotal y practicó un catolicismo, luego olvidado, que arraigó en él unas convicciones que no le hicieron sentir nunca simpatía por las ideologías de la extrema izquierda, a pesar de que en su momento los Servicios de Información le hicieran pasar por agente del KGB y se le acusara de escorar su periódico hacia el marxismo. De ahí también se entiende que fundara y concibiera El País como un periódico ‘independiente’ que no estaba al servicio de ideología alguna, pero sí dirigido hacia la democratización de España, su ingreso en el Mercado Común Europeo, su carácter cosmopolita y liberal, sin los signos socialdemócratas que más tarde se le achacarían. Esa vocación institucional fue algo impulsado por su director desde el primer momento y no sobrevenido al calor de su éxito.

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Sobre su vida pesa la maldición proverbial de haber transcurrido en tiempos interesantes. La agonía del franquismo y el surgimiento de un régimen democrático en medio de graves dificultades sociales y económicas son el campo minado por donde debió transitar un joven Cebrián, que desde su infancia participó en revistas juveniles y ejerció de negro de su padre, notorio cargo falangista. A través de su él conoció al ministro franquista Joaquín Ruiz-Giménez, fundador de Cuadernos para el diálogo, en cuya fundación participara, atalaya desde la que alcanzar muy pronto un puesto meritorio de redactor en Pueblo. Allí coincidió con Jesús de la Serna, quien le ofreció un puesto de redactor jefe en Informaciones. Es la vida de un privilegiado que supo aprovechar muy bien sus oportunidades para estar en el lugar adecuado cuando un grupo de liberales abanderados por el hijo de Ortega y Gasset, José Ortega Spottorno, entre los que se encontraba el proteico ministro y personaje político Manuel Fraga, pusieron sobre la mesa la idea de fundar un diario moderno y europeo que de alguna manera fuera la bandera más visible del nuevo tiempo que se avecinaba tras la muerte del dictador.

Sin lugar a dudas las páginas más interesantes de Primera página son aquellas que se refieren al inicio de los trabajos en la redacción de El País, su lucha por la autonomía de la dirección frente a accionistas, pero también contra los intentos de los redactores de organizarse de forma asamblearia, y sucesos vividos en primera persona como el secuestro de Antonio María Oriol -donde se realizó desde la redacción labores de intermediación-, el Golpe de Estado de febrero de 1981 y el papel jugado entonces por el periódico, o el ascenso del PSOE de Felipe González al Gobierno y la relación con él. Cebrián se muestra como una persona realista y pragmática que a menudo se ve en la tesitura de tomar decisiones dramáticas, e incluso equivocadas, pero que justifica por la gravedad de los sucesos. Tampoco se corta en confesar casos de mala praxis profesional o de asumir “pifias” importantes, como la decisión a principios de los 80 de dejar de publicar informaciones sobre el caso Banca Catalana que afectaban a Jordi Pujol, también accionista del periódico. Cebrián no busca justificarse ni una absolución, solo explica sus razones en un mundo periodístico lleno de encuentros, cenas y comidas con el poder político y financiero que se sentía constructor de una realidad y seguido y respetado por los ciudadanos. Los errores de aquel concepto del periodismo como vanguardia social y albacea de los secretos oficiales se pagan ahora en forma de falta de credibilidad de los antiguos grandes medios.

El eco que deja la lectura de este libro es un recorrido por las distintas formas de poder que Cebrián ha conocido y ejercido, desde el orgánico del franquismo -donde fue por 8 meses director de informativos de TVE- al poder moral que da acercarse a figuras de prestigio como escritores e intelectuales. La historia de su vida nunca fue la de un periodista surgido de la nada que fundó un periódico de izquierdas y vendió su alma a los poderes financieros, sino la de alguien que sigue actualmente ejerciendo una potestad para la que se educó toda su vida y que, muy a su pesar, se convirtió en el símbolo de lo que no era. Extraer esta verdad de su libro permite entender un poco mejor los motivos del personaje y no juzgarlo con la severidad del converso. Son, por lo demás, sus páginas interesantes para periodistas y curiosos en las entretelas del poder, decepcionantes para amigos de la conjura, y demuestran cómo se puede modificar la realidad de un país con una máquina de escribir, un taller de impresión y, claro, dinero siempre fresco en la faltriquera.

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‘Noviembre’. Jorge Galán.

El 16 de noviembre de 1989 fueron asesinados en la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas de San Salvador (UCA) seis jesuitas y dos empleadas domésticas en lo que constituyó un crimen de oscuras motivaciones políticas sobre el que desde el principio el Gobierno y las Fuerzas Armadas salvadoreñas intentaron sembrar la confusión. Noviembre, el título de la última novela del también salvadoreño Jorge Galán (San Salvador, 1973), alude a los sucesos ocurridos en esa fecha, alrededor de los cuales se construye una narración que debe más a la crónica periodística y a la investigación criminal que al arte de la ficción. Prácticamente ningún personaje que desfila por sus páginas es inventado y en varios capítulos se alude y cita entrevistas que el autor ha mantenido en primera persona con algunos de los protagonistas que sufrieron o tienen información sobre el crimen, como son el caso del padre José María Tejeira, el superior jesuita Jon Sobrino o el expresidente de El Salvador Alfredo Cristiani. Noviembre es la reconstrucción y la condena sincera de unos asesinatos que, concluye, fueron planificados desde las más altas instancias políticas y militares.

2016-10-10-1476101168-1567781-galanEntre algunas de las historias que se anudan en su interior destaca la del padre José María Tejeira, provincial de los jesuitas para Centroamérica, quien fue informado en primer lugar de los hallazgos de los cadáveres tirados sobre el jardín de la universidad y que no tuvo ninguna duda de la implicación del Ejército y la connivencia del poder político en las muertes violentas. La orden de ejecutar a Ignacio Ellacuría y otros sacerdotes jesuitas, junto a su servicio, habría surgido durante los combates entre el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), de orientación revolucionaria, y el Ejército, cuyos mandos habían sido entrenados por Estados Unidos en la lucha antiguerrillera. Ellacuría y otros miembros de la UCA se habían destacado en ámbitos políticos y mediáticos como defensores del diálogo entre las dos partes y contrarios a la represión que la lucha contra el FMLN alimentaba por parte del Ejército.

Las páginas dedicadas a José María Tejeira sirven para dar luz acerca de lo que se comunica oficialmente del crimen y también de lo que se sabe extraoficialmente en los círculos del poder, mientras que otras partes de la obra alumbran, por ejemplo, la situación de la única testigo, Lucía Cerna, quien reconoce al batallón Atacatl del Ejército retirándose a la luz de unas bengalas señalizadoras. Estos capítulos sirven para fijar la posición de Estados Unidos y España ante el crimen y la sorprendente decisión de no dar protección a la testigo en España por iniciativa del embajador.

Galán narra también el asesinato del cura jesuita Rutelio Grande y de monseñor Romero mientras oficiaba la misa en el momento trascendente de la Consagración, con el fin de contextualizar y explicar una oleada de violencia que había puesto a los cargos jesuitas en su punto de mira por su cercanía a la Teología de la Liberación y su simpatía por las causas sociales. Destaca también el ambiguo papel del presidente Alfredo Cristiani, quien condena y lamenta personalmente los asesinatos pero parece incapaz de controlar a su vicepresidente José Merino López, de quien se asegura en este libro que se le vio aterrizando en helicóptero en la sede del batallón Atlacatl horas antes de la matanza. El padre-detectiva Tojeira tiene también encontronazos dialécticos con mandos superiores del Ejército que pretenden dirigir las acusaciones hacia el FLMN para atizar la lucha contra la guerrilla. Por último, Galán reserva sitio en Noviembre a la historia de un miembro de este batallón, que pese a no participar directamente en el tiroteo confirma que  la tropa participó en el despliegue alrededor de la UCA.

Noviembre es una acusación directa que le ha valido a su autor vivir exiliado de su país. No es una novela alegórica o un recopilatorio de dudas. Es un alegato a veces apasionado, pero donde también hay sitio para la poesía de este consumado poeta con varios libros en su haber. Es una mezcla interesante de entrevistas, datos periodísticos y hechos históricos que pretenden asentar la verdad y hacer justicia a los muertos. Solo la belleza descriptiva de algunos paisajes y sus diversos puntos de vista nos recuerdan que estamos ante una novela, al menos formalmente, y no ante una crónica periodística. Una brillante novela, añadiría, que no ha dejado a nadie indiferente en El Salvador, y tampoco debería hacerlo en España, patria  natal de casi todos los sacerdotes asesinados aquella madrugada de Noviembre.

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Inquietud en el paraíso. Oscar Esquivias.

Inquietud en el paraíso es la historia de los preparativos de un viaje desquiciado al purgatorio; y paralelamente de otro viaje, este absolutamente demente, hacia la guerra civil. Oscar Esquivias (Burgos, 1972) retrata el exaltado Burgos de julio de 1936, donde el eclesiástico Cosme Herrera propone a autoridades religiosas, civiles y militares encabezar una expedición a pie que, partiendo de la catedral, alcance el sitio donde las almas purgan sus pecados. A su alrededor, esas mismas personalidades anudan la trama de la conspiración que acabará fraguando en el golpe de Estado del 18 de julio. Como dice en un momento de la novela a uno de los comprometidos en la asonada, “por muy arriesgadas que sean mis aventuras y por mucho que den que hablar, creo que a su lado soy un principiante”. Con Inquietud en el paraíso, Oscar Esquivias enfrentó la imaginación y la aventura a la brutalidad de la guerra. Esta es la historia de cómo seres asustados buscan una redención imposible en otro mundo.

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Con motivo del octogésimo aniversario del inicio de la contienda, Ediciones del Viento reedita esta novela en lujoso formato cartoné con ilustraciones, once años después de que su publicación original diera inicio a una trilogía completada después por La ciudad del Gran Rey y Viene la noche. Una oportunidad única para volver a disfrutar o descubrir, como en mi caso, de un libro de lectura trepidante que bascula entre lo trágico y lo bufo, y que tiene la capacidad del drama, la intriga conspirativa, el retrato costumbrista y la narración histórica. Sus lectores tardarán tiempo en olvidar los ridículos tumultos organizados en torno a la catedral de Burgos con motivo de la atrevida propuesta del padre Herrera, acompañados por los sones de España cañí, tanto como los fusilamientos al aire libre y las últimas cartas de los condenados. Ahora que el Premio Cervantes ha reconocido a un gran irónico como Eduardo Mendoza, quitémonos el sombrero ante uno de sus discípulos más aventajados. En sus cuentos y en sus obras largas, Esquivias dosifica con habilidad las situaciones cómicas y las trágicas, los personajes serios y los que están cortados por la caricatura.

Solo desde este punto de vista se puede entender un argumento tan abiertamente bufonesco, parodia eficaz de las novelas de Julio Verne, que conduce, en cambio, a un drama real donde hay muertos, sufrimiento y personajes que, como el seminarista Rodrigo Gorostiza, el capitán Diego Paisán o el inocente socialista Julián y su sobrino Román, se ven atrapados por los conspiradores de Burgos que les llevan atados a una guerra cruel e innecesaria. Al igual que en las novelas históricas, personajes ficticios se relacionan con personalidades históricas. En Inquietud en el paraíso nos encontramos con los generales golpistas Dávila, Mola y Cabanellas, con el arzobispo De Castro, con periodistas, gobernadores civiles y terratenientes que, cada uno, forman parte de un mismo drama, el que pretende convertir un infierno en un paraíso directamente sin penitenciar antes en el purgatorio de la realidad, sin tener en cuenta que ese edén estrellado que la oficialía rebelde cree ver en su noche triunfal es en realidad el infierno de la muerte y la persecución de los otros.

Solo la huida y el absurdo parecen el lenitivo a la crueldad. El miedo, los escrúpulos de conciencia y  el sentimiento de culpa se dan cita frente a las puertas de la catedral una noche de agosto para iniciar un viaje al inframundo donde se espera poder arreglar los desaguisados y errores de éste. Porque cuando la tierra se ha convertido en otro círculo más del infierno, ¿qué se pierde por intentar llegar andando al purgatorio?

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El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich. Norman Ohler.

“El nacionalsocialismo fue, literalmente, tóxico”. Así comienza este libro singular que aborda la influencia de las drogas en la consolidación del régimen nazi, en el desarrollo de la segunda guerra mundial, y, finalmente, el papel que jugaron en la vida y decisiones que adoptó su máximo líder, Adolf Hitler. El gran delirio. Hitler, drogas y el III Reich es un recorrido documentado pero también apasionado por la historia del uso de sustancias como la metanfetamina, los opiáceos y la cocaína en lo que su autor, el periodista y novelista Norman Ohler, ha venido en llamar “nacionalsocialismo en pastillas”.

Cuatro partes dividen la narración agrupadas en torno a los efectos generales de las drogas sobre la sociedad y la maquina de guerra alemanas, y en la adicción creciente del llamado “paciente A”, el dictador Adolf Hitler. Su relación  de dependencia con su médico personal, Theodor Morell, es descrita por primera vez en este libro como la clásica dependencia que todo yonqui establece con su camello de confianza. Antes que médico, Morell era un suministrador de esteroides, preparados hormonales, vitaminas y drogas como el Eukodal (mezcla de cocaína y morfina) que mantenían al alicaído Hitler fresco y en pie para afrontar las reuniones militares y conducir su guerra de forma suicida, “corriendo tras quimeras”, como se lamentó uno de sus generales.

Ohler apunta la contradicción entre la propaganda nazi oficial, que repudiaba las drogas, al asociarlas a la cultura del ocio de la odiada República de Weimar, y un régimen que empapó a su sociedad de anfetaminas legales bajo el nombre comercial de Pervitina con la intención de llevarla al éxtasis delirante prometido por la dictadura. En ese ambiente destacó pronto el “médico de los famosos” Theodor Morell, más conocido por su habilidad para inocular indoloras inyecciones que por sus conocimientos científicos. Con su cartera de clientes repleta de deportistas, actores y altos cuadrios del Partido era inevitable que su fama acabara llegando a oídos de un Hitler ansioso por aliviar sus problemas de estómago e intestino. Un par de pinchazos de alguno de sus preparados convirtió al Führer en su paciente para toda la vida.

hitler-vivia-reich-drogas_ediima20161020_0811_1Al mismo tiempo, el Ejército alemán se preparaba para la invasión de Europa bien pertrechado de anfetaminas en su equipo de campaña. Ohler revisa la campaña de Francia a la luz de los abultados pedidos de anfetaminas realizados, pese a la oposición sensata de algunos mandos, que en apenas unos días de éxtasis drogota sin pegar sueño llevaron a sus tanques a las puertas de Dunkerque. La guerra-relámpago adquiere así otro significado y se muestra aquí, pastilla en mano, cómo pudo ser físicamente posible. El conocido episodio de Dunkerque da pie a una especulación sobre la influencia que tuvo sobre Hitler su situación toxicómana en su discutida decisión de ordenar al general Guderian que detuviera el avance de sus tanques y diera así tiempo al Ejército Expedicionario Británico a huir intacto a su isla. Una decisión que resultaría fatal para las aspiraciones del genocida austriaco.

Norman Ohler se muestra cauteloso en otros episodios parecidos, como la declaración insensata de guerra a Estados Unidos o la delirante utopía tras la batalla de las Ardenas, de achacar toda la responsabilidad final de decisiones tan trágicas al cuelgue diario de estimulantes, esteroides y vitaminas que se traía Hitler, pero invita con sus aclaraciones a tenerlo en cuenta entre otros factores en futuras biografías. Si Ohler hubiera reducido su trabajo a manifestar en cada página la importancia capital de la droga en el desarrollo de los acontecimientos en el III Reich, estaríamos hablando de una obra marginal destinada al mercado freak subcultural. Su valor reside en confrontar la historiografía oficial con la documentación encontrada en los archivos referida al uso de estupefacientes en el III Reich.

Entre estos hallazgos, una joya: las anotaciones médicas del puño y letra del propio doctor Morell donde, día a día, dejó testimonio de los variados cócteles, chutes e inyecciones que administró a Adolf Hitler, su cliente yonqui, tan dependiente de él que no recibía permiso ni para asistir al funeral de su hermano. El retrato de Hitler como un mísero adicto que incluso tenía la clásica ‘cremallera’ de pinchazos que hiere el brazo de cualquier heroinómano resulta una novedad, aunque bien es cierto que casi todas sus biografías clásicas mencionan su adicción a los preparados de Morell. Aquí se da un paso más allá al describirse esta relación fáustica que solo acaba cuando la guerra llega a su conclusión y el doctor se queda sin sustancias que administrar a su Paciente A. Error fatal de todo camello que lo convierte al momento en irrelevante. La última pastilla que tomará Hitler será cianuro ayudada de una dosis de plomo en forma de bala. Mientras, a su doctor personal le esperan las cárceles aliadas, los interrogatorios y la locura final.

Ilustrado con documentos e imágenes de las consecuencias del abuso de anfetaminas en el frente de batalla, Hitler, drogas y el III Reich es un raro ejemplo de ensayo tan ameno de leer como rigurosamente escrito. Contribuye a ello su generosa bibliografía y en lo narrativo la indudable capacidad de su autor de pintar con imágenes plásticas escenas históricas, como el avance en situación de flipe continuo de las tropas alemanas por Francia y Rusia, las diversas formas de Hitler de conseguir una dosis o la guerra de los médicos desatada para intentar ganarse los favores del dictador. El nazismo visto como una borrachera colectiva que solo termina con el violento despertar final y su correspondiente resaca que, de alguna manera, todo el mundo aún pasa.

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‘Mirlo blanco, cisne negro’. Juan Manuel de Prada.

Mirlo blanco, cisne negro es la última novela de Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970), una ácida visión del mundo literario que cuenta la historia de un joven escritor, Alejandro Ballesteros, quien se ve atraido en lo personal y artístico por el veterano Octavio Saldaña, el cisne negro de las letras, un autor venido a menos y aburrido de su faceta de polemista en la radio, que revivirá su genio creador al entrar en contacto con Ballesteros. La historia va más allá del tópico del maestro-alumno y se adentra en las complejas relaciones que se establecen en el mundo literario entre escritores y editores, pero también en el pacto entre la realidad y la ficción, y sus consecuencias sobre la vida real.

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De Prada es un escritor a contracorriente de cualquier escuela o tendencia actual reconocida. Su mundo es la novela total, decimonónica, plagada de plásticas metáforas y con un control de los personajes y del léxico abrumador. Leerle es un placer del lenguaje y de las buenas formas escritas, aunque aquí ponga su inmensa capacidad para pintar ambientes y dotarlos de vida al servicio de la destrucción de lo que entiende por vicios de la literatura: las relaciones de interés con la prensa, el corporativismo, los prejuicios ideológicos y las formas vacuas de la modernidad. La novela se abre con la descripción de un sarao literario donde lo que sobran son pullazos al poder omnímodo de los suplementos culturales, a los escritores a la moda y a las viejas glorias apoltronadas que viven al margen de la realidad en una suerte de veladores donde mantienen las distancias.

Es en esta fiesta donde el protagonista, Alejandro Ballesteros, autor de una antología de relatos que tiene en ese momento una novela de ambiente veneciano esperando su publicación en el cajón, conoce a Nieves, mujer de Octavio Saldaña, el orondo coprotagonista y a veces antagonista de esta novela, un escritor de fulgurante aparición en la escena que después vendió su talento al postor del periodismo. Saldaña tiene trazos del propio Juan Manuel de Prada, aunque no es su fiel retrato. En realidad el autor se parece tanto al cisne negro de Saldaña como al mirlo blanco que encarna Balleteros. Los lectores habituales del autor podrán reconocer en ambos, rasgos, ideas e incluso esbozos de novelas anteriores de De Prada en los escritos de los personajes. Mirlo blanco, cisne negro es el compendio de lo que Juan Manuel de Prada piensa sobre el negocio de los libros; su confesión sobre un mundo al que se ha entregado con pasión desde su juventud y que le ha permitido hacerse un nombre y, como le sucede a su protagonista, también una etiqueta manoseada.

En ese mundo de canallas benévolos es donde Ballesteros trata de colocar, sin demasiado éxito, Madonna, una novela ambientada de forma fantástica en Venecia cuya trama recuerda vagamente a La tempestad, libro con el que De Prada ganara en 1997 el Premio Planeta. Saldaña se convierte en protector del manuscrito y empieza a dar al joven aprendiz consejos e ideas para enriquecer su trama y dotar a sus páginas de más fuerza plástica y, a la vez, verismo. Aquí se plantea un interesante debate. ¿Se puede escribir una novela ambientada en Venecia sin haber viajado nunca a la ciudad del Arno o la imaginación es el único pasaporte sellado que necesita un escritor? Muchas páginas de Mirlo blanco, cisne negro están dedicadas a dilucidar esta cuestión, nada baladí. Una vez más, una novela de De Prada es algo más que su trama y se convierte en una invitación a repensar las bases sobre las que se funda toda creación y el compromiso que el artista adquiere con su obra y sus destinatarios.

Por supuesto la relación Saldaña-Ballesteros deviene en tóxica. Mientras Madonna crece, se vuelve arborescente y se complica diegética y metafóricamente, la vida de Saldaña se tuerce al escribir una novela ambientada en la guerra civil que será destruida por la crítica  al acusarla de “fascista” y “reaccionaria”, acabando con su carrera literaria. Saldaña se siente un perseguido de lo políticamente correcto, aunque en realidad solo es un criminal en la fantasía. Su único delito es sufrir de un exceso imaginación, contar lo que nadie cuenta, apostar por un modelo de novela clásico de espías y amores enfrentados. Pero la furibunda reacción de la prensa lo es en realidad contra imaginarios gigantes. De Prada puede cuestionar las formas literarias y atacarlas en su libro, pero las defiende a capa y espada contra los filos de quienes la agreden en base a las reglas de la realidad. Si su personaje paga por la literatura, es también un mártir de ella. La literatura como entrega y servicio es algo que le resulta caro al autor castellano.

El desastre en que se va convirtiendo Madonna, paralelo al naufragio de Saldaña como escritor, desembocará en una decisión que desanuda la trama de la novela. ¿A quién hay que ser fiel? ¿A la realidad o a la literatura? ¿Cuánto de importante es una mentira para un escritor? Los protagonistas de esta novela están dispuestos a dar la vida por ella, siempre que esa vida transcurra entre páginas e incidentes de la ficción, pero a veces el exceso de imaginación se acaba infiltrando en la vida real.

Excesiva es también esta novela escrita con agónico furor. Nada más aconsejarle a Juan Manuel de Prada que se deshaga de algunos de sus prejuicios y lea con provecho y gusto a esos ‘nocilleros’ a los que machaca sin piedad una y otra vez, en la esperanza de que encuentre entre sus páginas algún lenitivo al duro oficio de vivir. Seguro que se sorprende.

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Nuestra historia. Pedro Ugarte.

Nuestra historia es el último libro de relatos del veterano escritor vasco Pedro Ugarte (Bilbao, 1963), diez cuentos donde se anuncian las diversas formas que la felicidad tiene de materializarse en medio de la crisis económica, de la inestabilidad laboral o de la falsa seguridad que dan el dinero, el pasado e incluso unas vacaciones o un fin de semana borracho con amigos. Con ellos, Pedro Ugarte hurga en las contradicciones sociales y familiares entre prosperidad y alegría, perfección y humanidad. Diez relatos de una sólida línea común cuyos protagonistas (esos ‘Jorges’ que gustan al autor) viven zarandeados por el miedo, la incertidumbre y el agobio de lo inesperado irrumpiendo con fuerza en su historia. Nuestra historia al fin y al cabo.

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En los relatos de Ugarte no hay lugar para lo maravilloso, pero lo sorprendente sacude cada línea. ¿Una crisis económica familiar puede devenir, por ejemplo, en una inesperada unión y tiempo de comunión familiar? Es posible. La enseñanza moral de muchos de ellos es que a veces nos empeñamos en perseguir bienes y placeres que nos alejan brutalmente del humanismo, como en la historia de una mujer perfeccionista en el arte de hacer regalos que tiene que aprender mediante el engaño que las cosas “no pueden ir siempre bien”. La prosperidad, el bienestar material, el orden en la naturaleza e incluso el genio intelectual no son naturales ni lógicos. Ugarte subvierte el interés en el relato por lo inusual para fijar su atención en lo accesorio: el servicio que atiende una cabaña donde unos jóvenes celebraban sus ruidosas fiestas, la forma en que se resuelve un crucigrama. Siempre alguien limpia, paga y cumple con los gastos que otros causan, incluso en la literatura. Es su escritura realista, amable en lo mordaz, partidaria de los personajes secundarios de nuestra historia.

Si sus seres de ficción son virtuosos, solo a veces se dejan llevar por la lascivia, pero por fortuna sus cuentos están libres de las procacidades que otros autores incluyen a modo de obligada tasa a la modernidad. Lo provocador, incluso lo explícitamente sexual, está más en lo que se dice que en lo que se hace, en los vacíos entre situaciones. Ugarte sugiere, deja entrever, ejecuta una suerte de escapismo en algunas situaciones que resultan por ello aún más provocadoras. Es un maestro de la ironía amable y de la elipsis en el momento preciso. De lo que se oculta bajo lo que se narra.

Si debo elegir entre todos algún relato favorito creo que como muchos que lean el libro me decantaré por Mi amigo Böhm-Waker, retrato de una clase social en extinción o mutada al horterismo, la de los grandes financieros de rancio abolengo que poblaron alguna vez la tierra natal de este escritor. Su orgullosa soledad, su insistencia en tener derecho a la palabra y a la opinión definitiva, su superioridad en todos los órdenes, sean sociales, familiares o culturales, convierten a su personaje en irresistible. Junto a él conviven especies extraídas de los ambientes laborales: asustados hombres de oficina serviles hasta el dolor que siempre se equivocan: y acaso el único villano de esta función: un sujeto de nombre Edgar capaz de destrozar la vida de las personas con una llamada de teléfono, todo para demostrar su superioridad moral. Un arrebato de postureo de funestas consecuencias.

En definitiva, se encuentran reunidos en este libro muchos de los miedos modernos de nuestro tiempo y también nuestras escasas opiniones sobre la felicidad en diez relatos homogéneos de funcional escritura que harán las delicias de los que huyen de los excesos de la retórica y de la salvación social, dos de los males que más nos cercan en la ficción desde el comienzo de la crisis hace ya casi una década.

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La Guerra Civil Española. José Pablo García. Paul Preston.

La Guerra Civil española recibió desde su estallido a raíz del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 la atención de periodistas ávidos de contar la actualidad, pero también de propagandistas ansiosos por propalar las virtudes de sus respectivos bandos. La victoria de los rebeldes franquistas redujo los relatos históricos dentro de España al punto de vista ganador, encarnados en Historia de la cruzada de Joaquín Arrarás. Solo cierta apertura del régimen a partir de los años 60 permitió al menos a los hispanistas extranjeros abrir una brecha en busca de una historiografía más ecuánime que levantara el velo de silencio sobre los verdaderos motivos y culpables de su desencadenamiento y los crímenes que cometió el bando sublevado. Heredero de esa mirada que inaugurara Hugh Thomas es el libro del historiador británico Paul Preston, autor especializado en historia contemporánea española, La Guerra Civil, que publicara en el año 2000. Ahora, el joven viñetista José Pablo García, quien ya contara en imágenes la vida del niño prodigio de la canción ligera española Joselito, lo ha traslado a cómic en una brillante y densa versión que se aleja de las adaptaciones para jóvenes y traslada el complejo análisis político de Preston al lenguaje de la historieta gráfica.

9788499926032Por encargo de la editorial Destino, José Pablo García abordó en seis meses el volcado de un libro de historia a dibujos. La intención original ha sido divulgar un libro ya popular desde hace más de 15 años para acercarlo a otro tipo de público, pero también para seducir al lector original y a estudiosos de la historia pintando imágenes de sucesos que hasta ahora nunca la han tenido. Aunque buena parte del trabajo visual de García se apoya en fotografías bien conocidas como el trabajo de Capa y Gerda Taro, y otros reporteros gráficos, ha tenido que encontrar soluciones imaginativas para, por ejemplo, el bombardeo de Guernica o para ilustrar la interesada y corrupta política pendular de un protagonista político como Alejandro Lerroux.

Siguiendo al pie de la letra el esquema de Preston, la historia ilustrada de José Pablo García empieza a principios del siglo XIX, inicio canónico de investigación histórica en las raíces profundas de la contienda que inaugurara Hugh Thomas y que desde entonces se ha venido adoptando como definitivo. Doblemente, por tanto, complicado no solo dibujar la visual guerra, sino traducir en imágenes los conflictos políticos del siglo XIX. Ahí es donde encontramos brillantes hallazgos como Fernando VII rasgando en dos en dos la Constitución de Cádiz, Alfonso XIII escondiéndose detrás de la espalda del general Berenguer o los socialistas Indalecio Prieto y Largo Caballero discutiendo en una  viñeta agrietada. En el resto del álbum encontramos sobre todo primeros planos de las personalidades aludidas, símbolos y banderas identificativos y el necesario recurso a la fototeca histórica.

Al ser una adaptación del libro de Preston, el punto de vista histórico así como algunas conclusiones y modos de abordar la guerra pertenecen por completo al historiador de Liverpool. Preston es bien conocido por su mirada progresista sobre la contienda, su denuncia del ‘holocausto’ que el bando franquista desató sobre sus rivales, pero también su exigencia sobre los crímenes republicanos, particularmente en torno a sucesos como la matanza de presos en Paracuellos del Jarama, y las sacas y paseos sin control gubernamental de los primeros meses de la guerra.

Es útil volver a aclarar que cómic no es sinónimo de versión juvenil. El libro de José Pablo García es radicalmente distinto de la introducción para jóvenes escrita por Arturo Pérez-Reverte. Difícilmente nadie menor de 18 años y que no tenga alguna lectura previa sobre el conflicto entenderá la malla política, económica y conflictiva que conducen a la guerra, así como las sofisticadas explicaciones internacionales y bélicas de su desarrollo. Este es un libro de historia sobre la guerra civil, con la particularidad de estar elaborado con los recursos del cómic.

Ameno, intenso, documentado, como siempre que se cuenta esta historia, triste en demasiadas ocasiones, La guerra civil española es una gran manera de introducirse en la historiografía científica de un conflicto que sigue demasiado presente en la actualidad actualidad política española y cuyas consecuencias aún sufren familiares directos del abismo que se abrió en España en 1936. Este es su testimonio en dibujos inolvidables.

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Patria. Fernando Aramburu.

Patria es la nueva novela escrita por Fernando Aramburu (San Sebastian, 1959) en la que aborda de un modo que podría ser definitivo en su carrera la realidad del terrorismo de ETA en el País Vasco desde dos puntos de vista enfrentados: el de una familia que sufre un atentado, y el de otra familia que tiene un hijo encarcelado por su pertenencia a la organización armada. Esta elección argumental reduce el llamado ‘conflicto vasco’ a unos sujetos concretos que conviven en un pueblo sin nombre de Guipúzcoa, símbolo de todos los conflictos, lingüísticos, nacionales, sociales y familiares, que ha provocado el más de medio siglo de actividad armada de la banda. Patria es, hay que decirlo, una novela monumental, de narrativa diáfana pero de complejas relaciones internas, que pretende desvelar cómo una lucha percibida como una guerra afecta a personas anónimas, altera o destroza sus vidas, los enfrenta y los reconcilia. La violencia ha abierto profundas heridas en el ser social vasco cuyas consecuencias Aramburu desvela a través de sus diversos personajes.

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En Patria nos encontramos a dos familias típicas del País Vasco rural de finales del siglo XX. Las familias del Txato y Bittori y de Joxian y Miren -los personajes no tienen deliberadamente apellidos- son vecinos y amigos de toda la vida. Ellos comparten su afición por los bares y el club ciclista, y ellas la ausencia de sus maridos que llevan en compañía en San Sebastián entre cafés y churros. La irrupción de ETA los divide de un modo definitivo: el Txato y Bittori se convierten en víctimas de la banda debido a su supuesta negativa a cumplir del todo con el ‘impuesto revolucionario’, lo que finalmente llevará al asesinato de él; Joxian y Miren comprobarán con disgusto cómo su hijo mayor acaba militando en las filas de ETA. Aramburu no ha querido ponérselo fácil a quienes tratan de justificar el terrorismo de ETA como una acción de vascos contra ocupantes foráneos. La familia compuesta por el Txato y Bittori son vascos euskaldunes, se han avenido incluso a negociar un estipendio con la organización, pero debido a su posición social destacada y las envidias que despiertan en el cuerpo social se ven envueltos en una campaña de acoso con pintadas, insultos y amenazas sin precedentes cuya culminación es el asesinato del Txato, tragedia que desencadena el drama de la obra. Esta condición de vascos de pura cepa les lleva una y otra vez a dudar de la verdadera intención criminal de ETA y a considerar que ha debido haber un error al pasar a ser considerados objetivos. Solo la muerte del Txato les persuade del carácter mafioso de ETA y sus colaboradores en el pueblo, personas que en muchos casos han sido amigos suyos o trabajan en su misma empresa. El pueblo sin nombre deviene en una cárcel de recelos de donde más vale huir para recuperar la cordura. El regreso de la viuda al mismo es el que inicia la acción de la novela. ¿A qué ha vuelto?, se preguntan. ¿Qué quiere? La víctima convertida desde el otro lado en una amenaza.

En esa otra parte del tablero se encuentra Joxe Mari, hijo de Joxian y Miren, un chaval de pocas luces que en la adolescencia se verá devorado por la propaganda y la manipulación política del mundo abertzale. Joxian y Miren son personas en apariencia apolíticas; pura clase media campesina y obrera. Él trabaja en una fundición y pasa sus horas libres en el bar del pueblo entre cartas y chatos de vino; ella admite que lloró cuando murió Franco, pero la militancia de su hijo la ha fanatizado. Es una ultra del mundo abertzale, una “abuela mala”, dura e insensible, que juzga al resto por su adscripción o no a la causa del pueblo vasco. “No tengo la menor duda de que se fanatizó por instinto materno”, piensa la viuda Bittori, antigua amiga íntima, que de repente ve cortada su relación cuando la brecha que divide a amenazados y señalados se abre ante ellos. Si Joxe Mari se ha dejado arrastrar a la lucha por sus ganas de acción y su cortedad de miras, Miren se ve empujada por su hijo. Necesita creer que el camino de autodestrucción que ha emprendido tiene algún sentido. Que su sufrimiento, en definitiva, es por una causa.

Para Bittori, en cambio, su condición de viuda es una muerte civil en vida y no busca explicaciones políticos o sociales. Su motivación interna, la que le ha hecho regresar a su casa, es conseguir una confesión que le consuele, saber quién disparó al marido y disipar la duda de si fue el propio hijo de Miren, ese niño revoltoso al que el Txato pagaba polos de helado en su infancia. Los intentos, amenazantes para los familiares del preso, de descubrir esa verdad conforman el cuerpo principal de la novela. Patria es el intento de redención de un hombre equivocado que desde su cárcel va vislumbrando el terrible error que ha cometido. Y también es la descripción de una decepción, del sentimiento de que tanta muerte y sacrificio no han servido para nada; que la vida civil en el País Vasco sigue a pesar de ETA y su mundo.

Aramburu desarrolla con minuciosidad la integración de un joven en ETA, su adiestramiento político y militar hasta la definitiva huida del hogar familiar y su bautizo en la clandestinidad tras cruzar la frontera entre España y Francia. Joxe Mari es un duro, una persona sin asideros mentales para la duda, que ávido de emociones baratas se ve con una pistola en la mano formando parte de un comando que busca objetivos fáciles por la provincia de Guipúzcoa. Así se cobra su primer víctima y acaba encontrándose con el Txato en la que resulta la escena central de la novela: viejos amigos frente a frente, separados por un abismo de odio que no tiene fundamentos personales. Al igual que los protagonistas de otras novelas basadas en los grandes totalitarismos del siglo XX, los personajes de Patria se detestan con intensidad, pero no saben por qué; una fuerza oculta de razones telúricas donde se mezcla la pertenencia o no a la patria a través de la lengua, y el relato compartido de antiguos y presentes sufrimientos los adscriben a uno u otro bando con escasas posibilidades de transitar entre ambas orillas. Solo los personajes marginales de sendas familias consiguen en sus alteradas vidas sentimentales y personales llegar a ponerse y amar la piel del otro, y consiguen saltar por encima de los odios que los polarizan para ver más allá de las tapias del cementerio y los muros de la cárcel.

La novela es ante todo un diagnóstico de cómo la violencia que se fomenta desde instancias sociales -la iglesia, la taberna, el periódico, la plaza, las fiestas- envenena las vidas privadas. Veremos cómo los hijos de estas dos familias reaccionan ante ella; unos tratando de entenderla, racionalizarla a través del estudio; y otros, huyendo hacia adelante a través de parejas y relaciones fracasadas; tratando de paliar su dolor con más dolor personal. Buscando todos, una vez más, alguna forma de redención al pecado original que parecen arrastrar. ¿Por qué nosotros?, se preguntan ante la catástrofe en la que viven sumidos.

Es también, por último, un ajuste de cuentas al escapismo que ha presidido la literatura vasca en las últimas décadas, incluso la más prestigiosa y reconocida. Aramburu no deja de recordar que hay escritores vascos que han preferido escribir sobre viajes, aventuras rocambolescas y símbolos más o menos velados en vez de abordar de frente la realidad que tenían ante sus ojos. Precisamente por vivir desde hace años en Alemania, Aramburu se muestra exigente con quienes residiendo en el País Vasco, y habiendo hecho de la literatura un oficio, e incluso un canon, nunca han querido narrar nada del conflicto o ser justos y no equidistantes con víctimas y victimarios. Una literatura que, juzga el autor, está vacía de verdad o, en todo caso, es alegórica, temerosa y poco comprometida.

Así, junto a sus anteriores trabajos, Los peces de la amargura y Años lentos, que también abordaban el llamado ‘conflicto vasco’, Patria puede ser considerada por sus ambiciones la gran novela de los años del terrorismo etarra, que no esconde ni los excesos criminales de la tortura y la guerra sucia del Estado, ni el sistema mafioso y corrompido de funcionamiento interno de ETA, que más le acerca a un cártel que a una supuesta organización guerrillera de liberación nacional. Páginas dolorosas, sangrientas, descarnadas, con muertos y vidas pisoteadas, llenas de expresiones, actos y declaraciones que dejan al descubierto la vileza y miseria moral y ética que se ha vivido en el País Vasco y que, como se entreve en el final de la novela, solo se va superando poco a poco, en esa patria dolorida e imaginaria por la que muchos han estado dispuestos a matar antes que dar la vida por ella.

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